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¿Vivir más? ¡Los cojones!

¡Vida nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

-”El otro día rompí mi ayuno intermitente al tomar el café con leche…”

Los escritores somos observadores por excelencia, en el fondo somos vulgares pervertidos, solo que no molestamos a nadie. Es mientras tomo café y la opinión de si es bueno tomarlo o no va variando con el devenir de los años, cuando ese otro devenir, el de la gente pasar, el de la calle que permanece pero nunca es igual, el de las sombras preparadas antes del ocaso, el que me abstrae del tiempo que tarda el azúcar en perderse en la negrura, me hace sentirme humano, en esta ocasión sin el demasiado.

Bárbara Ehrenreich fue una bióloga molecular, ensayista y activista política. Es conocida, entre otras cosas, por una obra en la que criticaba las condiciones laborales de la clase trabajadora en E.E.U.U. Se basa en las experiencias que tuvo realizando varios trabajos de perfil bajo en los que no hace falta una cualificación concreta y cómo vivió durante ese tiempo con el sueldo que obtenía por realizarlo. Creo que en España se tradujo y se tituló algo así como “Por cuatro duros”. La verdad, yo siempre he desconfiado de estos experimentos sociales, incluso cuando los hace gente más cercana a mi forma de pensar como Simone Weil. Me fio más de las ratas de laboratorio, son más sinceras que los humanos. Que conste que no dudo de la buena fe de la señora de apellido de malo alemán de la Segunda Guerra Mundial, pero tu conducta, motivación y tu elección racional no puede ser la misma sabiendo que tarde o temprano volverás a tu anterior vida. El caso es que la señora tuvo cáncer y le dijeron que tenía que estar siempre de buen humor, lo cual le tocó bastante la moral y lo de más abajo. “Sonríe o Muere” en su edición español, es un ensayo en la que la pensadora reflexiona sobre la absurdidad, la tiranía, el negocio, y en definitiva, la estafa que supone esta nueva moda del pensamiento positivo.

La palabra ascesis significa ejercicio y en su origen se refería al que realizaban los atletas olímpicos; más tarde se asoció con las prácticas religiosas que buscaban llegar a un estado de renuncia plena, para ello se basaban en unas prácticas que requieren disciplina y habito aunque en este caso el cuerpo quede relegado a un segundo plano, incluso se vea como cárcel del alma. Yo creo que hoy en día vivimos tiempos ascéticos, y es que, al fin y al cabo, la creencia o no es un dios concreto, puede ser lo menos importante de una religión.

Por una parte, las técnicas corporales que han de implicar dolor y fallo muscular se han generalizado; correr hasta decir basta, irnos en bici al quinto pino, la obligación de asistir al gimnasio como se hace al templo, y por otra, una obsesión con el cuerpo que en el fondo no dista de las que tenían los místicos. El ayuno, la penitencia cuando se ha cometido algún exceso, nos lleva a juzgar a los otros por lo que come o deja de comer, lo cual nos lleva a su vez a una cierta actualización del pecado. Así pues, si una persona se muere con menos de 70 años pensamos que es porque no se ha cuidado lo suficiente, un pensamiento análogo al que hace el carcamal sobre la mujer maltratada -algo habrá hecho-. Todo esto se traduce en una obsesión por llegar a vivir más, y el precio a pagar es tener que llevar una vida de tipo ascético donde hemos de seguir dietas, ejercicios y tramos de kilómetros recorridos, y lo mejor de todo es que hay que poner buena cara, y pensar que todo va a salir bien, que lo positivo atrae a lo positivo, por lo que todo lo malo que me pasa es culpa mía, como es culpa de la gente por morirse. La parafernalia insoportable de los alimentos en las redes sociales con las tablas nutricionales y sus niveles de azúcar y grasas es un ejemplo. La advertencia de los niveles de colesterol, la publicidad diaria de las enfermedades de todo tipo, la presencia en los medios de cuerpos que la gente no puede tener, bien por falta de tiempo, bien por genética, forma parte de la prisión mental a la que nos vemos sometidos. Es un retorno a un idealismo de corte pseudoreligioso que es lo que al final acaba defendiendo el posmodernismo. Piénsese en que las formas de expresarse de muchos de estos “coaches”, preparadores personales o cómo se diga, son iguales a la de los predicadores religiosos. Estos razonamientos se pueden transpolar al trabajo; ser rico depende de mí, si fracaso es mi culpa por no dormir menos y trabajar más, los emprendedores hemos nacido para ganar; o al propio estado mental, si estoy triste es mi culpa, yo soy la causa de mis males… y lo único que se consigue es que trastornos con tanta relevancia social como la depresión, clara inductora al suicidio, se banalicen. Que en “La Casa del Libro” los libros de autoayuda estén al lado de los de Psicología y los de Ciencias Ocultas junto a los de Filosofía es una muestra de cómo ese idealismo se encuentra en estado triunfante.

Valga por delante que no estoy haciendo una apología de la vagancia, de que la gente no se cuide o no vaya al médico. Solo digo que con los modelos actuales que la sociedad impone en diversos ámbitos, ya sean sociales, económicos, políticos e incluso eminentemente ociosos, es imposible llegar a ser feliz. Incluso el ocio se ha convertido en una competición en la que hay que ir a sitios, ver todas las series de todas las plataformas, ahorrar para ir a un restaurante… La idea de la simple inactividad, de no hacer nada, se ve como algo de lo que hay que desconfiar.

¿Vivir más? Supongo que todos tenemos miedo a lo desconocido, pero la verdad, a veces, ¿para qué vivir más? Por algún motivo que puede que nunca conozcamos, estamos aquí, y de la misma manera que no pedimos venir tampoco es buena idea exigir no marcharse. No me seduce la idea de vivir en una sociedad en la que cada vez, y con la excusa de la defensa de la democracia, existe menos libertad para el individuo, en un mundo en el que supuestamente se tolera la diversidad pero cada vez hay menos espacio para el que se sale del pensamiento único, un mundo donde tampoco se tolera el fracaso, y por eso se crítica o se evita regalando y subvencionando, donde el mérito es visto como algo malo y sin embargo todo el mundo quiere ser reconocido por lo que come, por cómo viste, por cómo actúa, por a quien vota, ¿pero acaso la vida no es algo más? No es lo que aprendemos, a veces golpes, lo que sentimos, lo que anhelamos y por ello también son nuestras decepciones, como lo son las derrotas sin la publicidad de los estadios y los días tristes sin mantas calientes ni sonrisas por los pasillos. La vida es algo más que tener un cuerpo, o una condición social o un título, ni siquiera es llegar a conocer la verdad, es todo aquello que nos pasa mientras buscamos todo eso, que en sí no es malo. Y la vida también es tomarse un café con leche aunque se rompa el ayuno, sin pensar si se ha echado mucha azúcar, y escuchar lo que te rodea, ver el mundo en esa grandeza de lo ordinario donde habitan las grandes esperanzas y se esconden las temibles respuestas. Por eso no quiero vivir ni más ni menos, solo quiero vivir y al final recordar las palabras del poema del encabezamiento, que en este caso es el mejicano Amado Nervo.

Para finalizar un pensamiento de esta mujer de izquierdas y feminista, con el que un liberal al que le gustaría llegar a ser libertario ( de los de verdad ) está de acuerdo. La mayoría de la gente que trabaja no son parásitos aunque no contribuyan de manera significa al Estado de Bienestar ni hagan trabajos que necesiten una especialización; de hecho, tenemos que darles gracias, ya que hacen un trabajo que muchos rechazan y sin el que la sociedad no podría avanzar. Es este concepto de la ciudadanía lo único que nos puede llevar a una auténtica concordia, y no es contrario a hacer crítica de un equivocado gasto público o a defender el mérito y la igualdad ante la Ley con las diferencias individuales. La señora murió el año pasado con 81 años. Decidió dejar de ir al médico de forma periódica excepto si se encontraba mal y reclamó su derecho sagrado a estar de mala hostia cuando le saliera del coño. Aunque en lo ideológico diste mucho de ella, no es óbice para que ideas suyas me parezcan muy acertadas y es otra muestra de que solo en el discurso con el otro, y no el panfleto identitario, podemos encontrar la tolerancia.

Y la vida ha seguido pasando mientras escribía este artículo. Me espera el café, la lectura, la llegada de mi nuevo libro, la visita al templo pero sin dogmas de por medio porque he de hacer peticiones a los santos. Me lo ha encargado una amiga, ha depositado su fe en mí, y yo le sonrío mientras me lo cuenta y el devenir de los escaparates y los precios pasa veloz ante nosotros. Pero esa ya será otra historia que os contaré otro día, mientras nos quede vida y es que aunque muchas veces no nos demos cuenta, ella siempre nos espera.

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