“La muerte de la identidad. Las ideas sobre el lugar de una persona en la sociedad, su papel, estilo de vida y cualidades del ego perderán su fuerza a medida que las fuerzas cohesivas de la sociedad se desintegren. Los valores subculturales proliferarán hasta el punto que surgirá toda una nueva clase de profesionales para controlarlos. Tal tecnología de transmutación se ocupará de las modas, de las formas de ser. Los consultores de estilos de vida serán… los nuevos sacerdotes de nuestras civilizaciones. Ellos serán los nuevos magos”.
Peter J. Carroll. Liber Null
Es posible que nunca hayan oído hablar de ella, y que si lo han hecho, las críticas no hayan sido las más favorables: -basura pretenciosa, bodrio, estupidez que se hace pasar por cine de autor -… Es curioso, solemos mostrar más pasión por las cosas que nos desagradan que por las que nos son afectas, también les dedicamos más tiempo a las primeras, se regeneran en nosotros de forma casi biológica, es fácil cansarse del amor, pero nunca nos cansamos de odiar, de ser contrario a algo.
“Espíritu Sagrado” es una película del año 2021, dirigida por Chema García Ibarra. No voy a nombrar a los actores, ya que entiendo que son todos aficionados, por no decir que les dijeron que leyeran lo que les ponían mientras les grababan, y no estoy exagerando. La película narra la historia de un grupo de aficionados a la ufología, que se reúne en una inmobiliaria una vez por semana para tratar tal asunto, forman una asociación con el nombre de “Ovni-Levante”. La sobrina de uno de los miembros, que regenta un bar en un barrio popular de Elche, ha desaparecido hace unos días en extrañas circunstancias.
Valga por delante que mucha gente puede cagarse en mis muelas tras ver esta película por mi recomendación; otros la quitarán a los diez minutos y no les voy a culpar en exceso por ello, y otros pensarán que solo es una versión mala de “La Hora Chanante”, pero sin gracia, por tocar temas escabrosos y desagradables. Es obvio que no estamos ante una de las grandes obras de la historia del séptimo arte, ni pretendo ir de entendido de lo que es el verdadero cine, pues al final, como todo en la vida, se trata de una cuestión de gustos. Pese a todo esto, me tiro a la piscina y reivindico este tipo de cine, pasando a dar mis razones y sin contar más de la trama, para aquel que, pese a lo dicho, se encuentre animado a verla.
Desde el comienzo Ibarra, sin engaños ni pretensiones, nos muestra su Elche natal. Una Elche del ya bien entrado siglo XXI, pero que no logra deshacerse de ese aroma de barriada proletaria de los ochenta y noventa, con pisos llamativos y modernos que esconden suelos de ladrillos y materiales de dudosa calidad, pero en el que los vecinos se pueden reunir en los amplios patios interiores para contarse sus insulsas y repetitivas vidas, que se suceden como segundos sin importancia de un reloj cósmico que nunca se para, y que se mantendrá por esa necesidad de continuar la especie a través de la reproducción. Necesidad democrática que alcanza al noble y al heroinómano; delicias de los cioranes de tres al cuarto que te encuentras en los bares de cubatas de vaso largo y tapas de patatas con ajo; culmen y éxtasis para todo pesimista de tercera división que de verdad se precie, para el que la mística no es otra cosa que encontrar esa prenda a un euro que le gusta en el mercadillo callejero. Es en ese ambiente, en el que se mezcla el olor del cocido y la fritanga junto con el del vino peleón ,donde encontramos a un grupo de chicos extraños que depositan su fe en la creencia de viajeros espaciales que periódicamente nos visitan, que nos enseñan que nuestros cuerpos son simples vehículos y que tras la muerte viajaremos a otro lugar, más agradable, más real, sin ya ese olor de lo rancio, sin esa necesidad de contar las monedas ni buscar trabajo para, a cambio de vanos y pasajeros momentos de placer, reproducir la farsa en forma de nuevos vehículos para eternas almas.
En en este contexto, propio de la parodia y del exceso, que es donde se mueve Ibarra, un terreno que conoce bien por haberse criado en él, asistimos a actuaciones que rozan el límite de lo aceptable, con simples reproducciones de frases; a escenarios que parecen reproducir simple y llanamente la realidad de muebles de oferta de los grandes almacenes, y las televisiones de plasma que nos iguala por tamaño y calidad a los ricos, aunque solo sea por unos días, hasta que el modelo nuevo vuelva a poner en marcha la maquinaria de la voluntad. Y hay un impulso, parecido al reproductivo, de quitar la película, para caer en manos, de; no sé, cualquiera de los genios que nos brinda el arte, o de tan solo películas hechas con media y meridiana calidad; pero pese a ello continuamos, tras habernos preguntado ya varias veces el porqué. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que, lo más aterrador, es que la vida, pese a la poesía y el arte, las más de las veces es así; que el fanatismo de los amantes de los aliados extraterrestres no es diferente de aquellos que entregan su mente y voluntad a la iglesia, al partido político o al equipo de fútbol, que efectivamente los monstruos y los depredadores existen, y no son nobles ni tienen grandes intelectos, sino que son gente tan cutre como el resto; como nuestro pretendido progreso y libertad se ve controlado por los ya innumerables guardianes del sistema, desde videntes hasta la teletienda, hasta los medios de comunicación, que nos enseñan el drama para recordarnos que en breve llegará la fiesta, y de que hemos de estar agradecidos por ello, por poder consumir, por poder dormir un día un poco más, pese a que el despertador siempre ha de sonar por una u otra causa. Y así Ibarra nos va enseñando la realidad, con momentos impagables, como la versión «makineta» y flamenca del “ Zombie” de “ The Cranberries”, la decoración egipcia de la casa del protagonista, sobre el que pesa de manera continua la sospecha del retraso mental, estando seguros, eso sin duda, de que los dioses que vinieron del espacio no fueron en absolutos generosos con ese vehículo que le otorgaron en el nacimiento, pero ya lo dijo Sade: “vientre materno es destino”, o la canción que suena la final del metraje, la de los cánticos indios que se puso de moda en los ya lejanos años noventa.
Ibarra nos dice mejor que muchos metafísicos que la vida es un asco y que luego te mueres, que tal vez lo mejor sería no haber nacido, pero ya que estamos aquí hay que tomárselo a cachondeo, verdadero signo de inteligencia y libertad. Tal vez por ello, muchas veces en la comedia, incluso en lo burdo, entendemos mejor la realidad que en los complicados tratados de hermenéutica. La propia película nos da la razón, al final, una de las teorías descabelladas de una de las vecinas pelmazo no iba desencaminada. Es la navaja de Ockham de andar por casa, que puede que por ser difícil de aceptar, hace que nos inventemos extrañas teorías, desde que Dios o los Extraterrestres nos aman a que le importamos a los políticos.
Y hasta aquí hemos llegado, veanla, amenla u odienla, pero no me echen a mí la culpa, yo ya tengo lo mío, y al final todo se reduce a que, puede que el mayor delito del hombre no sea haber nacido, pero desde luego tampoco es un especial motivo de orgullo.
