“Cada hombre es un rey del misterio, del secreto, una luz lejana”.
El forastero.1981.
Puede que sean las sombras de la cotidianidad las que mejor nos descubran esos misterios mentados arriba, aquello que puede o debe de ser sagrado, lo que permanecerá a pesar de todo lo que es caduco, en resumen, lo que de verdad importa. Puede que lo más trágico sea que no nos demos cuenta de esta temible realidad, y por ello recurrimos a la mística y a la fantasía, terreno abonado para muy pocos valientes que oscilan entre la santidad y la locura.
“El forastero” cuyo título original en húngaro es “Szabadgyalog”, palabra de la que no tengo ni pajolera idea de su significado, pero me imagino que significará algo análogo a la española, ya que en la versión inglesa se utiliza la de “outsider”, es una película de 1981 o 82, he visto las dos fechas, dirigida por el aclamado director húngaro Bela Tarr, director fetiche de los críticos gafapastiles y demás entendidos del arte moderno, o mejor dicho, postmoderno.
Cuenta la historia de un joven en la Hungría comunista , y ya desde su comienzo nos damos cuenta de que sus esfuerzos estarán abocados al fracaso. Como en la primera escena en el manicomio donde los pacientes viven en condiciones que rozan la insalubridad. Nos avisa esta escena de lo que está por venir. Más tarde, en el otro lado, pero no tan lejano, el salón lleno de borrachos con música de violín que pretende ser un reverso de la primera escena; mas pese a la alegría impostada de la segunda, nos damos cuenta de que si es cierto eso de que la belleza salvará al mundo, desde luego no va a ser aquí. A partir de aquí, primeros planos que nos hacen participar de la escena como unos actores más, diálogos filosóficos que versan sobre el arte y otros que lo hacen sobre ese también arte que es el de soportarse a sí mismo. El alcohol y el tabaco siempre presentes como una forma de escapar a una cotidianidad que apenas ofrece nada. Igual de presente la música, a veces tradicional con la cualidad de unir a la tribu, otras moderna, antesala de esas ansias de escapar a la realidad política, social y económica de un país donde el loco sueño de Marx solo ha conseguido que unos pocos puedan vivir sin trabajar mientras la mayoría lo hace para sobrevivir, y al terminar la jornada, ahogarse en el alcohol, en el sexo esporádico, en la cantinela diaria de lo mundano.
En cuanto al protagonista, ¿qué pensar?, puede que ni siquiera sea un villano, mucho menos un héroe, tan solo un idiota que ha intentado en ocasiones hacer el bien y como recompensa solo ha recibido un hijo al que no ve y un público ebrio que le aplaude cuando toca el violín. Sin duda la mejor la escena es la del entierro, puede que no por su grandeza técnica, sino por esas tétricas palabra del cura, advirtiendo que a veces nos morimos antes para no sufrir más, agradecidos hemos de estar pues. El sexo como manipulación, la lucha por la vida, que ya no es la de gozar sino la de sufrir lo menos posible, verdadera filosofía de Epicuro que hoy nos es vendida como una terapia hortera y cursi que confunde ser feliz con ser hedonista, es decir, consumista, la imposibilidad del cambio de condición social, o el arte como una forma de opio al estilo de la religión o del alcohol, pueden ser algunos de los temas de la película; además de la crítica política de una Hungría abocada a sufrir el Comunismo, y una crítica filosófica por otro tipo de abocamiento, en esta ocasión al vacío existencia personal, pese a la falsa idea de progreso y mejoramiento de la Humanidad. Yo diría que incluso es una película cómica, ya que al principio, el alcohólico que aparece a lo largo del film como una especie de mensajero de los dioses, en este caso de mensajero de la nada, le dice lo que tiene que hacer y él hace justamente lo contrario. El final verdaderamente importa poco, esas caricias en las manos que pretenden esconder engaños y placeres con los otros nos justifican como espectadores de la podredumbre cósmica.
Termino diciendo que el director me parece que está muy sobrevalorado. Soy el primero que entiende que el cine ha de abordar estas formas de filmar, no sé si naturalista o realista, que no todo es “ La Guerra de la Galaxias “, por suerte, y que el cine es como la vida, tiene sus momentos, y cada momento tiene su tiempo y su lugar. Dicho esto, admito sin penitencia ni acto de contrición que siempre me ha costado ver las películas de Tarr, que hay escenas y planos excelsos, pero en otras todo es lento, repetitivo, exige una participación del espectador excesiva que dependerá de su estado anímico actual. Creo que en Tarr hay una exageración perpetua, como si quisiera afirmar en cada plano que la vida es una mierda y al final te mueres y esto es lo que hay. Y la verdad, aunque que yo no sea la persona más optimista del mundo, y aunque acepte esta realidad, intentó buscar respuestas que en el cine de Tarr no encuentro, como tampoco encuentro preguntas, pese a su mirada cósmica reclamada desde sus admiradores.
Todo artista se ha de debatir entre la recreación del mundo real, con sus licencias y apreciaciones, o entre la creación de algo nuevo, extraño, idealizado y poco probable. Puede que el Naturalismo y la Fantasía sean los géneros más distantes y que el talento sea alcanzar ese también poco probable término medio. Y quizás con nuestras vidas pase algo similar. Vivimos anclados a esas cadenas de la cotidianidad, de todo lo que hacemos cada día, de nuestros pensamientos, de nuestras circunstancias, y por otra parte no dejamos de pensar, de anhelar y de desear, y esto hace que muchas veces nos engañemos a nosotros mismos porque es más fácil que tirar la última moneda al abismo de la realidad.
PD. Cada hombre, incluso el más decrépito, puede tener un momento de lucidez, un momentáneo lapsus de razón. Escuchad a todos, nunca despreciéis a nadie, estad siempre dispuestos al cambio sin renunciar a aquello que pensáis que es bueno, y si es cierto que existe algo que sea inmortal, algo que supere esa podredumbre del vacío y del mundo, algo que nos haga volver a ese momento mágico en el que no había monedas ni ideologías, algo que nos haga entender que solo hemos sido niños perdidos en un campo de minas y pensamientos, algo que en definitiva nos dignifique y perdone; si existe, si es real, si puede estar entre nosotros, nos abrazará y nos entregará la paz, ya sea perpetua o lo que duren nuestras vidas.
