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RETORNO A LAS ESTRELLAS

«Dicen que cada molécula de nuestro cuerpo perteneció alguna vez a una estrella. Quizá no me esté yendo. Quizá esté volviendo a casa.

«Gattaca». Andrew Niccol.

-Le cojo quince céntimos de aquí para la bolsa de plástico.

-Sí, claro.

-Pues aquí tiene su cambio.

-Gracias, que tenga buen día.

-Igualmente.

Siempre repetía esa frase, la de “que tenga un buen día”. Le parecía que era la forma más correcta de despedirse; era una de las alternativas que aparecía en su manual de adaptación, y que pese a su elevado intelecto no estaba exento de estudiar y analizar. Al abrirse las puertas automáticas volvió a introducirse en ese laberinto de edificios de apariencia moderna, de arquitectura muy similar que oscilaba entre la sobriedad y un cierto toque de distinción; las hileras de vehículos de diferentes tamaños, marcas y épocas formaban parte de ese panorama urbano que pese a la ya cotidianidad no le dejaba más que de sorprender, de agradar, puede que porque simplemente era algo muy diferente a su hogar, de hecho se podría calificar ese hogar que ahora era en el que estaba, como un reverso zarrapastroso del que seguía siendo el suyo verdadero pese a la distancia existente, inabarcable para la mayoría. El rellano de la finca era fresco, era ese lugar intermedio entre la vía pública y el hogar, donde paradójicamente se daba un agradable paréntesis en la existencia. Dejó las bolsas en el suelo y se llevó las manos al bolsillo para coger las llaves, que estaban unidas a un llavero de la Virgen de los Desamparados. Estas figuras divinas de clara intención idolátrica también le agradaban pese a que distaran mucho de dar una explicación satisfactoria de la realidad. Al entrar traspasó el corto pasillo que llevaba hasta la cocina, donde como era habitual estaba Lolita haciendo la comida.

-Le he traído los puerros y la calabaza, Lolita, que le hace falta para ahora, el resto lo meto en la nevera.

-¿No te has comprado una cervecita?

-Si ya le he dicho que no bebo cerveza, Lolita.

-Mi padre decía que desconfiara de los hombres que no les gusta beber.

-Pues no sé por qué decía eso su padre, Lolita.

Estas conversaciones en absoluto profundas sino más bien mundanas, le servían también para ir conociendo a sus ahora congéneres. El humilde mantel de plástico de cuadros rojos y blancos junto a los vasos de vidrio de las tiendas de ciudadanos chinos, no solo no desentonaba con la humilde pero apetitosa comida que hacía Lolita, sino que le daba a la escena un cierto aspecto de bodegón moderno, pero a la par alejado de la naturaleza, un bodegón urbano, en el que la nevera de pequeña dimensiones y las sillas de madera ya con un cierto desgaste, no hacían otra cosa que reflejar la vida, esa vida de ofertas de los supermercados y de prendas por un euro de los mercadillos con la que se había encontrado de manera mayoritaria desde que descendió de las estrellas. Como la carne era cara comían bastante pescado, a él no le importaba, de hecho las sardinas le gustaban mucho; siempre le insistía a Lolita que no se gastara dinero en comida, y que todo lo que hacía estaba muy bueno.

Había, entre comillas, heredado la habitación del hijo de Lolita, que se había muerto hacía diez años por una sobredosis de heroína. Ella siempre decía que eran las malas compañías las que lo habían matado. Al escucharla, sentía una sensación similar a la incomodidad por tener ese cuerpo temporal en el que ahora habitaba.

No había cambiado sustancialmente la habitación desde la muerte del hijo de Lolita. Los muebles en su época comprados en Conforama junto a una cama con canapé en la que se guardaban zapatos y sábanas limpias para el cambio. En la pared habían pósteres del Real Madrid, ya que el hijo de Lolita era fiel seguidor de ese equipo de fútbol, de hecho, de pequeño no se le daba mal jugar y fue a hacer las pruebas para jugar en el Levante, pero como ya desde bien joven empezó a fumar porros y a faltar a clase, no tuvo la disciplina necesaria para hacer carrera en el fútbol. Era por las noches, enfrente del poster de la alienación del Real Madrid que ganó la Copa de Europa en el año 2.000 en el estadio de Saint-Denis, donde como por arte de magia expandía en el aire los códigos y tablas que le permitían hacer cálculos para su retorno. Visto desde fuera daba la sensación de ser uno de esos personajes de las novelas de ciencia ficción de los años 50 y 60 que retrataban un futuro optimista en el que los humanos, pese a algunos sacrificios, lograron colonizar las estrellas. Como no tenía necesidad de dormir, por las noches abría la ventana y se quedaba contemplando las estrellas; el cielo, por efecto de la polución, tenía un peculiar color, pese a a ello, este no era en absoluto un mal lugar para vivir, había visto sitios mucho peores, es cierto que también mejores, pero esta lógica, la de la comparación, no la aplicaba, ya que en esencia se trataba de una lógica falsaria y que es utilizada fácilmente para la manipulación. No salía mucho a la calle, ya que esto podría traer complicaciones; sobre todo intentaba que la gente no supiera que vivía con Lolita, ya que sin duda ello despertaría suspicacias pero la verdad era que debido a la situación era la mejor alternativa, ya que si fuera descubierto las consecuencias serían nefastas para todos, pero especialmente para ellos, para todos esos con los que ahora convivía. Se limitaba a ir a hacer la compra y a bajar la basura, y algunas noches, entre semana, a dar algún paseo por las cercanías de la casa. No estaba exento de riesgo, como ser identificado por la policía o tener algún problema de los que se suelen dar por la noche, pero el estar en un cuerpo tenía sus desventajas, la verdad era que todo era una desventaja en sí, y ante la falta de concreción de su rescate, un aislamiento total en casa de Lolita era sin duda contraproducente. Se bajaba pasada ya las doce y se iba a una plaza que estaba frente a la iglesia de la zona, una iglesia moderna y funcional que no tenía nada de artístico y que en su fachada solo mostraba la imagen de San José junto al niño Jesús. Era lugar de encuentro de noctámbulos, jóvenes en paro y paseantes de perros que se juntaban para charlar. Reinaba una cierta sensación de paz negociada, por lo que entre la gente de la zona más o menos conocida no habría de haber problemas. No estaba él muy integrado, simplemente se sentaba en uno de los bancos y hacía como si mirase el móvil ya muy antiguo, que Lolita le había dado, si bien dentro de su mente realizaba intrincados razonamientos matemáticos con la misma rapidez que lo podía hacer el terminal que llevaba. Había intimado levemente con un señor mayor que sacaba a pasear a su hijo que sufría un retraso cognitivo considerable, además varias trastornos mentales que actuaban en comorbilidad .

-¿Sabes?, tengo depresión. – le decía el hijo a nuestro protagonista.

-Bueno, eso con el tiempo se puede curar, tú no te preocupes, que tu padre cuida de ti.

-El otro día crucé un semáforo en rojo y casi me atropellan

-Es que va siempre por la calle pensando en sus cosas, y no se fija nada, el pobre. -Le dijo el padre a su protagonista.

Era difícil saber cuál era la edad del hijo, daba la sensación de que era una de esas personas que siendo ya jóvenes envejecen y desde ese momento tienen siempre el mismo aspecto, reflexionó que esta realidad no tenía que ver con su enfermedad.

Pese a ser fiel reflejo de las limitaciones de la existencia humana, el lugar no dejaba de ser, si no estético, al menos alejado de los cambios constantes y de las prisas que la luz del día solía traer tras cada amanecer. Con el tiempo intimó un poco con los asistentes e incluso algunos le ofrecieron cerveza y fumarse algún porro con ellos; él lo rechazaba educadamente, pese a esto, al grupo de noctámbulos y demás gente les caía bien. Puede que simplemente diera la sensación de ser un buen tipo, uno más que las disquisiciones de ese destino siempre desconocido pero inexorable le habían llevado hasta allí. Era en ese templo de lo barato y de lo prescindible, de árboles naturales no acordes con el panorama de piedra y ladrillo que se levantaba por doquier, donde escuchaba las historias de la gente; eran estas también prescindibles, vulgares, y pese a los detalles particulares, repetitivas; las comparaba luego con la de los grandes intelectos, ese ínfimo porcentaje de seres que idearon o hicieron algo que pudiera y debiera ser recordado, y se daba cuenta de que también la vida de esas personas, incluso pese a la fama y al reconocimiento, no estaba exento del temible hedor de inmanencia y contingencia que desprendía toda vida humana.

-El caso es que como mi padre nos zurraba a mí y a mi madre nos vinimos aquí.

-A ver si me cogen para currar en el Mercadona este verano y con suerte me pillan ya fijo.

-A mí me la pela que me llamen facha, estoy hasta la polla de que vengan aquí moros e hijos de puta.

Y desde una cierta altura, no eran más todos ellos, él incluido, que simples puntos de un gran lienzo cósmico que nadie podrá contemplar en su totalidad.

Al regresar a casa, antes de ir a su habitación se pasaba por la de Lolita para comprobar que estuviera bien. Le preocupaba su salud, era ya una mujer mayor, y con obesidad, lo que provocaba que se ahogara en ocasiones por hacer algún tipo de actividad física que antes realizaba sin complicaciones, tenía también la circulación sanguina mal, lo que le provocaba dolores en las piernas y dificultades para andar. Había empeorado a partir de los setenta años. A pesar de que no necesitaba dormir, por alguna razón se iba al dormitorio del hijo de Lolita y se quedaba allí en la cama tumbado, hasta que ya era hora de que la gente se fuera despertando. Pese a su naturaleza, y pese a ser conocedor de misterios insondables, la realidad del día a día de la que era espectador le producía desasosiego. Por una parte entendía que ante la horrible trampa de tiempo y materia que resultaba el mundo, las respuestas de los humanos fueran en muchas ocasiones indignas; pero por otro le costaba asimilar que seres dotados de razón hubiesen creado un mundo lleno de zafiedad, en las que cualquier cosa es válida para no tener que pensar ni por un momento en esos misterios que él ya por su condición conocía.

La casa de Lolita era muy humilde, la había heredado de sus padres, que emigraron del interior en busca de oportunidades, una casa, como el barrio, ideada para acoger a la mano de obra que necesitaba la Comunidad Valenciana en esa época, y por ende a sus familias. Como sus hermanas se casaron y se marcharon del pueblo, Lolita y su marido le compraron su parte y se la quedaron, porque el marido de Lolita, que falleció hace ya muchos años, encontró trabajo en una fábrica de arroz. La entrada a la casa estaba en el bajo del inmueble, en la primera puerta, la de la izquierda, por ello las ventanas daban a la calle y era fácil oír a los peatones así como el paso de los coches. Un pasillo corto, un salón, una cocina pequeña, un baño, pequeño también y dos dormitorios, el de los padres, y el otro reservado para las hijas, que durmieron en literas siempre, y que con el tiempo se convertiría en el del hijo de Lolita y ahora en el de él. En el salón llamaba la atención tres fotografías grandes, cada una de la boda de cada una de las hermanas. Puede que Lolita las tuviera allí como un perpetuo recordatorio de que la vida tiene momentos buenos, pero lo cierto es que ateniéndose al momento presente, no había especiales razones para la alegría, y puede que por ello fuera tan importante recordar. Una de sus hermanas había muerto hace años, y el marido de esta estaba ingresado en una residencia de ancianos. Tuvo el matrimonio dos hijos, dos sobrinos en el caso de Lolita, a los que quiso mucho de pequeños, y siempre que `podía les compraba cosas, pero ya hacía años que no tenía contacto con ellos. A su otra hermana le dio un ictus hacía tiempo y no estaba bien, y el marido de esta se murió bastante joven, antes de cumplir cincuenta; solo tuvieron un hijo, pero este sí que tenía contacto con Lolita, al menos la llamaba cada semana y alguna vez bajaba desde Castellón para verla pese a que no tuviese mucho tiempo, ya que estaba casado y tenia dos hijas y se hacía cargo de su madre junto a su esposa, aunque como la madre se pasaba el día y la tarde en un centro asistencial era todo más llevadero. Era su sobrino favorito, claro estaba. Pese a los achaques de la edad la casa siempre estaba muy limpia y ordenada, Lolita era muy metódica para poner las cosas en su sitio y lo mismo con la comida o con los numerosos medicamentos que tenía que tomar a diario.

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Desde que lograron controlar la apertura de agujeros negros su capacidad para viajar a través de las galaxias y conocer nuevos mundos creció de forma exponencial. Debido a que las condiciones para realizar este tipo de viajes aún no eran las óptimas y la nave no podía exceder de un determinado peso, los viajes se hacían con solo un pasajero, un explorador. El cuerpo de estos no era un problema, ya que apenas pesaban, pues no eran seres materiales, en el sentido de que no tenían carne ni huesos, estaban hechos de un compuesto intermedio entre la materia y la luz, un algo etéreo, pero sí que tenían forma, que resultaba bastante similar a la idea que los terrícolas tenían del espíritu; formas alargadas, muy parecidas a las figuras que pintaba El Greco en muchos de sus cuadros: brazos y piernas como estirados, siluetas finas que llegaban casi a los 3 metros: No tenían sexo, ni pelo, ni ojos ni boca, en el rostro tenían un gran círculo hueco, pese a esta fisonomía podían ejercer fuerza sobre las cosas. No necesitaban comer, la luz les alimentaba; eran algo muy similar a lo que algunas culturas han considerado ángeles, o incluso dioses. No tenían exactamente la capacidad de volar, pero sí que podían levitar unos metros sobre la tierra y permanecer en ese estado durante varias horas.

En ocasiones, sin razón alguna, se subía a un autobús y se quedaba mirando la sucesión de edificios del escenario urbano, se fijaba también en la gente, en los peatones, en todas esas consciencias encarnadas que deambulaban por el asfalto, copias de la copia de la copia de la ulterior realidad; al verlos experimentaba algo muy similar a la piedad, se preguntaba cómo era posible que pese a haber recibido el sorprendente don de la encarnación, ahora fueran todos, en mayor o menor medida, soldados de un ejército destinado a la más segura de las derrotas. Como esa extraña circunstancia que se permite desde las altas esferas inabarcables, la de la vida, la más de las veces se convierte en una farsa insoportable. Se consolaba con que ellos también evolucionarían como lo habían hecho los suyos, que algún día se desprenderían de la carne, como también habían hecho los suyos, y que algún día surcarían las estrellas entendiendo esos misterios ahora insondables para ellos. Lo que más lo apenaba era que aquellos que habían entendido la complejidad de la vida por lo general eran tomados como excéntricos o encasillados en un movimiento o grupo; los místicos, los poetas, los que han sido ambas cosas, los científicos, los estetas, los ascetas, los negacionistas, los que han seguido la senda del corazón, eran en la actualidad considerados por muchos impostores y enemigos. Cuando se sentaba alguien a su lado, se fijaba en él; pese a que no tenía exactamente el poder de la telepatía, sí que podía leer el aura de la persona, esto le daba una aproximación a su temperamento y a su carácter actual; le llamaba la atención que incluso los que exteriormente asemejaban una buena presencia, tenían muchas veces un aura triste, y puede que este mundo de continuo estímulos y metas, simplemente no dejaba espacio para el silencio y la reflexión. El autobús frenaba de forma inesperada y un claxon sonaba en el aire, las manos apretaban las agarraderas con fuerza, pero tras la sorpresa, la lógica y rutina del mundo seguía, como lo hacía el vehículo, recorriendo una y otra vez el mismo circuito de la inmanencia.

Pero no todo eran malas noticias, tras un tiempo logró restablecer comunicación con su gente, no fue fácil, de hecho tenía que trasladarse a una parte muy específica de la ciudad, una zona del extrarradio en la que había una pequeña montaña, que para más inri, era frecuentada por gente de un culto peculiar, según el cual la Virgen María se aparecía allí y una señora que se había dedicado a lo largo de gran parte de su vida a limpiar habitaciones de hoteles, recibió el don de hacer de interlocutora entre la Virgen y el resto de la gente. Por ello era habitual que en la zona hubiese gente de rodillas, rezando, algunos en sillas de ruedas, o con muletas, que pedían a la Virgen que les curase de sus dolencias. Lo cierto es que se organizaban quedadas bastante considerables y la ahora reconocida vidente había amenazado con fundar su propia iglesia si la Católica no reconocía el aspecto sobrenatural del asunto. Cuando se encontró con esta situación le pidió a los suyos que cambiasen el lugar, pero le dijeron que no era posible por la enorme distancia que hacía tener que cuadrar mucho la hora y el lugar, que como mucho podían haber un par de horas de lapso para elegir la comunicación. Lo que al principio fue un problema, se convirtió en una oportunidad, ya que estar solo por esa zona podría llamar la atención de la gente, o que algún guardia civil o agente forestal le preguntase qué hacía allí; en cambio entre el gentío era uno más, y como la comunicación con los suyos no se exteriorizaba, ni siquiera tenía que vocalizar, no llamaba la atención. La verdad es que los trances de la vidente no eran poca cosa, cuando la Virgen hablaba a través de su boca comenzaba un ritual muy a tener en cuenta. No había un día ni horario fijo, ya que obviamente la Madre de Dios no se iba a sujetar a horarios, así que doña Carina, que así se llamaba la vidente, se pasaba allí las tardes, de cuatro a nueve, si no se manifestaba la Virgen, doña Carina se iba un poco antes de las nueve, pero era habitual que la gente se quedará rezando en un altar al principio al comienzo no muy elaborado pera ahora ya más trabajado, en el que había una figura de la Madre de Dios y muchos ramos de flores, además de una gran cantidad de estampas y de rosarios.

-Mi hijo sufre mucho por los pecados del mundo, por ello debéis de rezar mucho y hacer penitencia, porque el final está cercano, no tardaré en volver mi hijo, y al final solo los justos prevalecerán.

Cuando entraba en trance y decía estas cosas y otras parecidas, se le ponía a doña Carina como voz de pito. No entendía, o mejor dicho, lo entendía perfectamente, porque la Virgen no se aparecía directamente a la gente, pues en esencia ella también podría encarnarse aunque fuera de forma temporal, en el cuerpo de una mujer joven, como se la representaba habitualmente. Tampoco entendía porque la Virgen no podía ser fea y tener sobrepeso, como la mayoría de los asistentes al asunto. Los últimos días se había dado una polémica considerable entorno al culto, ya que el hermano de una de las adeptas se había plantado en el lugar con una pancarta, alertando que doña Carina era una estafadora, el hombre utilizaba el término “caradura”. Al parecer la vidente y su séquito convencieron hace unas semanas a la hermana del denunciante para que vendiera su casa y le diera el dinero a la vidente. Por ello el hombre, con la pancarta colgando del cuello, escrita con rotulador grueso en un cartón, alertaba que la mujer lo que quería era quedarse con el dinero de la gente que iba a rezar, aprovechándose tanto de su desesperación como de su incultura. Él sabía que la cultura no era un factor necesariamente determinante, pues la gente con estudios y conocimiento en ocasiones tiende también al pensamiento mágico. El caso es que al hombre no lo apalearon de milagro, la Guardia Civil tuvo que actuar en varias ocasiones. Finalmente se acordó que el denunciante se quedará a una distancia prudencial del altar y del gentío, pues pese al sentimiento de pertenencia de la gente del lugar, el espacio era municipal y por ende público. Salvando ciertas distancias comprobó un modo de proceder análogo a cuando la Selección Española de fútbol jugó la final del campeonato de Europa de equipos nacionales. La gente se reunía, y lo hacía también con ansias de hermanamiento, pero a la par de enfrentamiento, pues como sucede con la salvación, la victoria solo puede ser para unos pocos, y al final todos ponían sus esperanzas en algo que le era externo y en ningún caso controlaban.

Generalmente ellos se camuflaban entre los humanos, pero lo hacían en escenarios de guerra o de pobreza extrema, se encarnaban en vagabundos, ciudadanos sin nombre, en alguna ocasión lo habían hecho en algún gueto de alguna ciudad postindustrial; durante cinco, a lo sumo siete días. Si eran sorprendidos abandonaban el cuerpo del que disponían para sus exploraciones. El cuerpo era creado fácilmente, en un laboratorio, para utilizarlo solo tenían que meterse dentro de él, por explicarlo de una manera sencilla, algo muy parecido a lo que se entiende por una posesión. Y para los moradores del planeta, ese cuerpo ya sin vida no era otra cosa que un cadáver, que en un escenario de guerra o pobreza extrema tan solo era uno más, uno más sin nombre por el que nadie haría nada. Su caso había resultado diferente, el accidente de su nave le relegó a caer en la ciudad de Alfafar, cercana a la capital Valencia. Al principio todo resultó nuevo y peligroso para él. Había dos opciones: mantener su forma original, pese al peligro de ser visto, en todo caso por su naturaleza no podía ser apresado o capturado, pero era obvio que esa naturaleza etérea no le libraba de ser percibido, pues aún no habían logrado la condición de la invisibilidad. Lo más habitual es que los que los veían en su forma original, como en alguna ocasión había ocurrido, dijeran que habían visto un fantasma, un ángel o incluso al mismísimo Jesucristo, y como está gente es tomada por locos o jetas, en la mayoría de los casos con razón, el suyo sería un episodio más dentro del mundo paranormal, tan en boga en actualidad, pero por lo general no tomado en serio. Pero al no saber cuánto tiempo iba a estar en la tierra, avistamientos numerosos llamarían sin duda la atención de curiosos, periodistas especializados y en general gente que por uno u otro motivo le interesan estas cosas. Por ello decidió hacerse pasar por un vagabundo, no era un problema ya que sus cuerpos pese a ser similares genéticamente a los de los humanos no tenía las mismas necesidades, bastaba una sola comida al día, de unas 500 calorías para aguantar unas 36 horas sin problema, por ello comer no era un problema acuciante para él, y pese a que su moral le impelía a no hacer el mal a los otros, gracias a sus cualidades se las ingeniaba para abastecerse de comida aunque fuera con pequeños hurtos que no afectaban en demasía a los terrícolas; tampoco pasaba frío, ni calor, ni percibía sensaciones como el hambre, y el deseo sexual no existía para él, pese a que era capaz de tener preferencias en ese sentido, más con un sentimiento relacionado con la estética que con la connotación sexual. Fue así como un día Lolita, al verlo sentado en la calle con sus piernas entrelazadas, mientras los vehículos pasaban raudos por las calles estrechas del barrio, le dijo que la acompañara a casa que le podía dar algo de comida que le había sobrado. Los días siguientes él se ofreció a llevarle las bolsas de comida a casa, pues ella se fatigaba mucho y se tenía que parar muchas veces antes de llegar a la casa; el siguiente paso fue decirle que fuera a comer y cenar hasta que ya se quedó en la casa para dormir. Así habían pasado ya casi tres meses desde entonces, un tiempo ínfimo para la vida del Universo, pero casi una eternidad para lo que eran sus misiones de exploración, algo sencillamente peligroso, no tanto por el miedo a ser descubiertos, cosa que en el fondo a los suyos no les preocupaba en demasía, pues su existencia por parte de los humanos terminaba por ser indemostrable, sino tanto por el hecho de que las exploraciones deberían de dejarse en paréntesis un cierto tiempo, y la Tierra, desde hacía ya mucho tiempo, era uno de los destinos más recurrentes, y puede que no lo fuera por un verdadero interés científico, pues ellos podían simular con todo lujo de detalles la vida en la Tierra, sino porque ellos, pese a su destino, no estaban exentos de esa curiosidad que muchas veces se traducía en un sentimiento de piedad.

El retorno era mucho más funcional que la comunicación, era posible abrir una puerta interdimensional que le llevase a el agujero negro más cercano y desde allí retornar a su hogar, sí que tenía que estar un tanto apartado, pues primero tendría que deshacerse de su cuerpo material, el cual se desintegraría en el viaje si entrara en la puerta, hecho que podría retrasar e incluso invalidar el viaje, y luego, con su forma etérea, entrar en el portal; acto que desde fuera daba la sensación de entrar en el marco de una puerta para luego, de repente, desaparecer. Se había acordado el retorno para el 23 de julio, por lo que los días en Alfafar, al lado de Lolita iban tocando a su fin. Le turbaba la idea de su ausencia entristeciera a Lolita, y que ello le afectara a su ya muy deteriorada salud.

El 22 de julio, ya de la noche, se levantó por última vez de la cama en la que había dormido todos esas noches. Se dirigió al salón, siempre limpio y ordenado pese a la enfermedad y pese a la generalizada corrupción que todo hecho vital ha de soportar como parte de su naturaleza. Se quedó mirando las fotos de las bodas de Lolita y sus hermanas, como esa alegrías del momento presente se convertían en un lienzo real de carne de color blanco y negro, pensó en los padres de Lolitas, en los esfuerzos por sacarlos adelante, en esa misma casa en la que él, el viajante de las estrellas, estaba en ese momento, qué felices debieron ser esos días, los días de las bodas radiantes y de los vestidos de blanco virginal, ¿podían esos días justificar los otros, los de los trabajos, los de las cargas, el del exilio, la huida del hogar?, siendo sinceros, la respuesta, viendo el presente actual de la propia Lolita y de sus hermanas, parecía que no. Solo encontraba una cierta esperanza en que la felicidad fuese algo que no se buscase, sino que se sintiera alguna vez, en alguna ocasión, como la caricia del viento, como la luz en el horizonte lejano, que pese a la única realidad existente en este plano material, que pese al imperio de la corrupción, de una u otra forma, ellos hubieran sido felices en algunos momentos, casi sin darse cuenta de ello. Tras mirar las fotografías, por última vez, se dirigió al cuarto de Lolita, entró en él y se puso enfrente de de la cama en la que dormía, hizo un gesto como si la bendijera y se acercó a ella; puso su rostro al lado del suyo y con su mano la acarició por última vez, un leve destello de luz prístina salió de ella para llegar hasta Lolita.

Justo antes de llegar al marco, y de volver a su mundo de arquitecturas perfectas y de planetas límpidos, reflexiono sobre esos misterios de la existencia que tanto turbaban a los humanos, esos que eran imposibles de responder, pensó que era prácticamente imposible que él y Lolita volvieran a coincidir, en primer lugar porque ella ya había vuelto al gran origen, y podrían pasar incluso eones hasta que volviera a encarnar, y por ello cada momento es verdaderamente único, y por ello lo que vemos ante nuestros ojos, y lo que tocamos con nuestras manos, es algo que rara vez se vuelve a repetir; pero le consolaba que tal vez, si algún día era de nuevo expulsada a la materia, viviría en una casa tan humilde como la de ahora, pero junto a su hijo, y que su hijo sería quien le acariciaría todas las noches como había hecho él hacía unos momentos; y tras ello volviera, ya de forma definitiva, a ese gran origen, que incluso para ellos no era conocido del todo. En cuanto a él, siguió viajando durante siglos y siempre recordó a Lolita. En sus posteriores aventuras a lo largo de las galaxias la tuvo presente y recordó gracias a ella que las únicas armas que se tiene para algún día poder conocer del todo ese gran origen son la piedad y el conocimiento; y ninguno de los moradores de las galaxias pudo nunca intuir, pese a sus poderes, que todo eso él lo había aprendido de una anciana terrícola que vivía en una humilde casa de un pueblo más de un planeta más. Y así fue, como los dos, cada uno a su forma, retornaron a las estrellas.

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