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PROFUNDO Y VISTO POR TODOS

Profundo Carmesí” es una película de 1996 dirigida por el mejicano Arturo Ripstein y protagonizada por Regina Orozco, Daniel Jiménez Cacho y Marisa Paredes en sus papeles principales. Es una adaptación libre de la historia de dos asesinos estadounidenses de los años 40 que también tuvo su película, digo adaptación, porque no creo que sea un “remake”, otra vez ese anglicismo para el que no encuentro palabra en español. Aunque no he visto la película yanqui, que creo que se llama “ The honeymoon killers” o algo así, creo que las historias discrepan bastante en algunos puntos; así mismo la ambientación que se hace en México de la película y la consecuente carga cultural de ese país, sin duda la desmarcan de la historia original. Pero tienen algo en común, ¿el qué? Esa carga génica, corpórea, de carne y aroma como dice el protagonista, que están condenados a llevar, porque es la causa de sus privaciones, de sus complejos, de sus miserias, y por supuesto de sus violencias.

Jiménez Cacho interpreta a un farsante que se dedica a estafar a mujeres necesitadas. Las engaña alegando que es español, parece que entonces en Méjico eso era interesante -aunque luego una futura víctima le dice que los españoles que hay ahora son todos rojos que huyen de la dictadura, que son menesterosos y vagos y que no les gusta trabajar, se las vería venir- . Las engaña vilmente diciéndoles que se parece a Charles Boyer, aunque el parecido es el mismo que el que yo tengo con Coto Matamoros. Regina Orozco interpreta a una enfermera que ejerce de madre soltera, -no sabemos nada del padre- . Una mujer con sobrepeso notable y una halitosis fácilmente detectable.

Cosas de la vida, está enamorada platónicamente de Charles Boyer. Es muy impulsiva, nerviosa y a veces violenta, incluso con sus pacientes.

No recuerdo cómo llegué a esta película. Puede que buscando títulos de asesinos en serie o algo así.

– ¿La señora gorda y el tipo ese enclenque, casi enano? Los ponen a la altura de Hannibal Lecter, ¡pues vaya! -, pensé.

Lo cierto es que hubo algo que me cautivó en esa portada, puede que los colores, puede que el apellido de ese director mejicano, que parece cualquier cosa menos mejicano, o puede que definitivamente una idea que con el paso del tiempo se ha convertido en certeza. La de que los asesinos no son gente cautivadora ni especialmente inteligente, no tienen el atractivo del vampiro ni la mirada de Lucifer, muy al contrario, son gente ordinaria, esto es algo que he intentado tener muy presente en dos de los relatos de mi siguiente libro. ¡Vale!, en un momento pueden llegar a ser encantadores o caer bien, pero eso pasa con casi todos. Como digo, llevan a su espalda todo aquello que los limita y los hace portadores, no de la luz, sino del asco.

La película me fue gustando por su tono teatral, conste que no soy muy amigo del teatro en el cine, cada cosa cuando toca, pero para narrar estas historias de perdedores de casas con colchones viejos y de cubiertos sin lavar, creo que sí que puede ser apropiado. Y me empezó a gustar por esos colores que a veces son vivos y cálidos, otros del color de la tierra y apagados, por esos decorados alejados de la urbe, de las aglomeraciones, como si estas no importaran. Solo carretera, moteles y casas solitarias, donde la ropa colgada es el laberinto de la medianía y la indiferencia, pero qué bonitas parecen cuando los niños juegan entre las sábanas colgadas con la arena al fondo y el olor a limpio que nunca dura más que “un algo, un otro o un pudo ser, tal vez un aquello”.

Me sigue gustando por las reacciones callejeras de sus protagonistas, porque no hay galanes aunque salga uno, porque todo es tosco, alejado del glamour, cine rodado en la calle y en la casa, porque falta el dinero o porque tiene que ser así, y a veces es un cine pesado de ver, porque recuerda a la vida, y la gente lo que quiere es huir de ella, solo unos momentos, lo que dura la película y el camino de vuelta a casa, pero huir. Sin embargo, el tono que oscila en ocasiones entre la tragedia yel esperpento la va haciendo amena, aunque sabes que esta no es una película alegre. Y no sabes tampoco muy bien qué pensar al ver a esos dos seres que se acaban uniendo aunque violen lo sagrado, pese a reconocer al otro como monstruo imperfecto. Devotos y amantes de las carencias y taras del otro; unos lo llaman amor, pero casi siempre es dependencia.

Fue al tercer visionado cuando me di cuenta de que esta película es una delicia para un criminólogo.

La gente me pregunta si estudio para resolver grandes crímenes. La verdad es que lo hago para escribir y ver y entender películas, el arte por el arte sin esperar mucho a cambio pese a que a veces se me dé todo. Vemos la influencia de los factores genéticos, psicosociales, neurológicos, e incluso endocrinos que influyen de manera muy notable en la conducta y dentro de ella en la criminalidad.

Un paradigma, el biológico, que ha estado injustamente olvidado e incluso vilipendiado por la hegemonía de la sociología como explicación del delito y la delincuencia.

También vemos otras teorías como la de la Asociación Diferencial, que se resume en el dicho popular de -Dios los cría y ellos se juntan- . O la del “Etiquetamiento”, ya que al final ellos mismos asumen su condición de depredadores ya que sin duda la sociedad los verá así siempre.

Creo que la principal virtud de la película es que no sientes ningún tipo de empatía por la pareja.

Está muy lejos de esa romantización que a veces se hace del criminal, como si fuera casi obligatorio justificar todos los delitos. Pero esta película expresa muy bien una realidad que puede que por dolorosa no sea menos real, la de que hay personas que no pueden estar conviviendo con sus congéneres, ya sea porque son errores de la propia naturaleza o porque con sus actos eligieron el camino sin retorno, la mancha en la humanidad y la violación de la condición humana. Entender no es compadecer, analizar no debe ser justificar.

Esa obsesión casi infantil por Charles Boyer, ya indica trastornos psicológicos en los que la realidad, que no gusta, es sustituida por un algo que canaliza las fuerzas para darle un sentido a la existencia, y por eso, en cuanto veamos o sintamos algo que sea mínimamente parecido a ese ente que nos libra de la desesperanza, nos entregaremos en cuerpo y alma a él, no importa que lleve peluca.

Los avances en nuevas materias como la psicobiología han demostrado que determinados ambientes pueden modificar los genes o el comportamiento de nuestro sistema nervioso o endocrino con todo lo que ello conlleva. Hormonas, neurotransmisores, glándulas y proteínas en cóctel letal por nuestro cuerpo. Son los momentos más desagradables de la película cuando los protagonistas no pueden controlar lo que ellos mismos son, cuando todo eso que se ha estado incubando por sus complejos y adicciones (no hay droga, pero la comida puede llegar a serlo y genera reacciones químicas similares a los adictos a sustancias) finalmente estalla, y lo hace de la peor manera, atacando al prójimo, al que se tiene al lado, no importa quién sea este, y no es solo para robarle aunque sea el dinero la raíz de todos los males, es la envidia, pecado mil veces más capital que cualquier otro y origen de los demás. Y a pesar de todo esto la película tiene momentos en los que la risa aparece para no dejar paso al lloro, como el casamiento en el cementerio. Parodia de la parodia de la vida. Puede que eso sea lo que la Criminología ni ninguna otra ciencia podrá explicar, que tengamos la necesidad de ser engañados, por eso todos en un momento dado podemos llegar a ser graciosos, de ser víctimas para el día de mañana poder ser verdugos. Es como ese carmesí al final de la película, profundo, sí, pero también visto por todos.

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