“ Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable “.
Voltaire.
Hace un tiempo, la empresa SEAT pidió a la gente su colaboración para elegir el nombre de su nuevo modelo de coche; ya sabemos que para cada modelo se elige una ciudad de España. No recuerdo quién fue el ganador, ni si se eligió la ciudad más votada, pero sí que una de las poblaciones más votadas fue la de Puerto Hurraco.
El 26 de agosto de 1990 los hermanos Izquierdo asesinaron a nueve personas, varias de ellas pertenecientes a la familia Cabanillas con la que mantenían rencillas desde hacía años, entre las víctimas, dos niñas de trece y catorce años; también hirieron a doce vecinos más, uno de ellos no pudo volver a andar. Los guardias civiles que llegaron al lugar también fueron heridos de gravedad. El caso fue celebérrimo en su tiempo y aún hoy en día se recuerda como uno de los episodios más truculentos de la crónica negra de España.
Pese a que los hermanos huyeron a la montaña, fueron detenidos horas más tarde por la Guardia Civil. El entonces médico forense, Guillermo Fernández Vara, que posteriormente ha sido presidente de la Comunidad de Extremadura, en la que se ubica la aldea de Puerto Hurraco, habló en su informe de un notable primitivismo cultural así como de un aislamiento social y de la convivencia en grupos cerrados como causas principales de su desprecio por la vida humana.
Es conocido que en los procesos de radicalización y reclutamiento de los terroristas yihadistas, siendo estos dos procesos subyacentes y casi simultáneos, el aislamiento es clave para que se dé el sometimiento psicológico que posteriormente llevará al ideológico y finalmente a la justificación de la violencia como única vía para resolver el conflicto. A veces este aislamiento ya es obvio, como en las cárceles, si no se crea de manera artificial, pasando gran cantidad de tiempo en la mezquita, prohibiendo la presencia en ciertos sitios, en el caso de las mujeres con vestimentas concretas, y finalmente sacando al individuo de su entorno. La psicología utiliza el término “ cierre cognitivo “ para explicar esta situación. Este cierre lleva a una explicación monocausal de los asuntos, la cual lleva a su vez a que solo haya una solución. La realidad se reduce al mínimo, el individuo solo ve sus derechos pisoteados, no existen mediaciones posibles ni diálogos de ninguna clase. Conceptos, que tienen que ver muchas veces más con la pasión que con la razón y que son utilizados las más de las veces de forma torticera, como » Dios «, » honor «, » nación «…, son utilizados como las únicas variables posibles de la ecuación.
¿ Significa esto que todas las gentes de pueblo son vengativas y sanguinarias ?, ¿ que todos los musulmanes son terroristas o que la religión es sinónimo indeleble de violencia ? La respuesta es no, y como no somos amigos de la explicaciones únicas, concluimos que la gente que vive en grandes urbes también son capaces de hacer serias atrocidades.
En febrero de 2003, Joshua Cooke asesinó a sus padres disparándoles con una escopeta. Los agentes al llegar a la escena del crimen se encontraron al joven tranquilo, su habitación estaba llena de pósteres y referencias a la película “ Matrix «, ( 1999 ) “. El joven solía llevar una gabardina de cuero negro como la que visten los protagonistas en la película. En el juicio alegó vivir en una realidad paralela y creerse Neo, el héroe de la película. No es un caso aislado, son varias las personas que han afirmado cometer delitos por tener el convencimiento de que estaban en la denominada “ Matrix “, esa realidad artificial creada por las máquinas; de hecho, existe un término denominado “ Defensa Matrix “ que se utiliza para este tipo de casos y que ha logrado en alguna ocasión que el acusado sea ingresado en un centro psiquiátrico y no penitenciario. Estas personas vivían en entornos muy diferentes al del pueblo español, tampoco fueron sometidos a procesos de adoctrinamiento radical. Lo mismo sucede con muchos de los denominados “ lobos solitarios “ que nunca han tenido un guía personal, o los adolescentes que han cometido masacres como la de Columbine en Estados Unidos, casualmente ocurrida el mismo año de estreno de la película, y que tenían acceso a la cultura y a gran cantidad de servicios. Todo ello nos puede llevar a la conclusión de que la tecnología no solo no erradica el cierre cognitivo y el social , sino que lo puede fomentar. Es cierto que por suerte la violencia, pese a que la veamos en mayor o menor grado en la sociedad, no es algo habitual, nosotros mismos, si recapacitamos, hemos tenido episodios concretos de violencia, puede que algunos justificados, pero de los que mayoritariamente no nos enorgullecemos; y como he dicho, estos abyectos actos están relacionados con otras causas: la vida en el gueto, el hacinamiento urbanístico, el abandono del Estado, baja autoestima, abusos y acosos en la infancia… Puede que lo siniestro de la vida sea que estemos expuestos a un número casi inabarcable de fuerzas exteriores que nos perturban; unos buscan en la religión, no digo que sea malo, otros en la espiritualidad, otros aceptan el carácter aleatorio de la existencia y su inmanencia, y otros lo pueden hacer con una película. Y si bien la mayoría de nosotros no vamos a matar, puede que no seamos conscientes de que muchas veces nos encerramos en nuestra propia consciencia. Los medios de comunicación, ideologizados y subvencionados, las luciferinas y masonas redes sociales, en las que la gente acaba creyendo algo solo porque está publicado, y que son todo lo contrario a la que se supone que es una de sus principales ventajas y razones de ser: el diálogo y el intercambio de ideas, hacen que las personas, lejos de conocer y examinar, se rearmen una vez más en sus prejuicios. De esta manera, el horizonte mental de los ciudadanos es cada vez más angosto, más simple, y por lo tanto más fácil de dirigir cuando no de manipular, y de ello se aprovechan los que solo encuentran el placer en dirigir y dominar, porque sin duda esta capacidad es la que más placer otorga y con ella pueden darse todos los demás. No es fácil recordar tiempos en los que han existido tantas prohibiciones, tantos señalamientos, tantos debates sobre temas que afectan a la esfera personal del individuo, como qué come, cómo se viste o cómo se siente y a quién quiere amar. Todo para que posiblemente nos creamos importantes cuando verdaderamente no lo somos, para que nos creamos únicos, y sí, puede que lo seamos, pero en ningún caso especiales. Ello hace que fácilmente nos veamos atacados por todas partes, que estemos dispuestos a luchar por la afrenta como los que matan por el honor y la religión; a votar siempre a la misma gente pese a sus ya imposibles de contar, mentiras, latrocinios y fechorías; a mantener esa conducta tan errada como fanática, la de que creer que se tiene siempre la razón porque se es de un lugar, de una forma o se pertenece a algo, Y es así cómo en los tiempos en los que el acceso a la información es mayor que en ningún otro momento, nos sentimos como moradores de una aldea en la que siempre se ven los mismos rostros y se escuchan las mismas palabras. Y lo peor no es eso, sino que la belleza del mundo y sus intrincados misterios nos son vetados por la falsa sensación de conocimiento. No basta viajar, leer o estudiar, ya que muchas veces estas prácticas sirven para reafirmarnos en nuestros prejuicios. Es necesaria la reflexión, y sobre todo, la intención y necesidad de conocer al otro, al que es diferente a mí, incluso al que no le agrado, y si se da el momento, perdonarlo y comprenderlo, ya que eso es lo mismo que comprenderse y perdonarse a uno mismo
Los informes forenses llegaron a la conclusión de que pese al primitivismo cultural, los hermanos Izquierdo eran hombres de ciertas luces y que incluso habían llegado a prosperar con sus negocios, por lo que no era aceptable que su raciocinio no les advirtiera de que lo que iban a perpetrar era algo malo. Uno de ellos, antes de suicidarse en su celda en el año 2010 tras cumplir 30 años de presidio, confesó a su médico que el día de los hechos él y su hermano tomaron lexatil con el fin de que no les temblara el pulso en el momento de disparar, lo cual demuestra su premeditación. En general, los yihadistas, si bien muchos pueden tener un perfil antisocial, no padecen trastornos mentales graves y son conscientes de la repercusión de sus actos. Es cierto que eximentes como los utilizados en la “ Defensa Matrix “ son tan antiguas como la legislatura y no implican que todos los que aleguen este tipo de circunstancias sean necesariamente enajenados. Y no duden que con nosotros pasa lo mismo. Pese a malos días y episodios puntuales que todos podemos protagonizar, somos nosotros los que elegimos permanecer en los propios muros y círculos que nuestros miedos crean, o derribarlos y escapar de ellos, para así poder seguir luchando en esta extraña pero también desafiante y atractiva batalla cósmica que por alguna razón nos toca librar.
