“Si lo único que hace que una persona sea decente es la esperanza de una recompensa divina, entonces, hermano, esa persona es un pedazo de mierda, y me gustaría que salieran a la luz cuantas más de ellas mejor. ?Tienes que juntarte con otros y contarte historias que violan cada ley del universo solo para poder superar el maldito día? ?Qué dice esto de tu realidad?
Rustin Cohle. True Detective.
“Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la cura es casi imposible”.
Voltaire.
En ocasiones acudo al cementerio de Valencia. No voy solo para visitar la tumba de mis padres, me gusta pasear y contemplar los panteones, pero también pararme ante algún nicho humilde y ver quien descansa allí, cuándo murió, su fotografía… El caso es que no he venido a hablar de esta afición mía, pero sí de cómo esta originó las reflexiones que a continuación van a leer.
“True Detective” es una de las series más exitosas de la última década. A mí siempre me sorprendió su éxito, lo cierto es que es una serie atípicamente filosófica, y con este comentario no pretendo ir de listillo, pero la gente suele ver la tele para distraerse, no para que le recuerden que pese a sus esfuerzos, su vida es una más de las que existirán a través del cosmos, que indefectiblemente serán olvidados, y que tal vez, en el mejor de sus casos, dentro de décadas, algún curioso caminante se pare ante su tumba y lea su nombre. La serie queda compensada por un equilibrio de intriga, acción, terror, relaciones personales, y las grandes interpretaciones de su pareja de protagonistas, en la que el personaje de Rustin Cohle representa a un detective cínico, nihilista, prácticamente misántropo, con tendencias autodestructivas y nula confianza en eso que se llama el género humano.
Por mi conocida animadversión a conducir, suelo ir al cementerio andando, si voy bien de tiempo, otras veces en autobús. Los dos modos forman parte del ritual, pues algunos habrán intuido que esta práctica se trata, evidentemente, de un ritual. Como digo, ambos modos tienen sus pros y contras; lo bueno del autobús es que te circunscribe a un ambiente selecto, en el que estás obligado a centrar tu atención. El caso es que escuchaba “Kiss” – cierto, no es la música más apropiada para ir al lugar donde descansan los muertos -, cuando escuché la siguiente frase:
– La culpa es de Hitler por no haber matado a todos los Judíos, si lo hubiera hecho ahora los pobres palestinos vivirían en paz -.
Tras quedar en estado perplejo me giré levemente para así poder contemplar a la autora de la frase, pues era una mujer, y lo cierto es que, si bien esperaba a alguien poco menos que con una camiseta de la División Azul, me encontré que, tanto la autora de la frase como su acompañante, se ajustaban a la definición de una “Charo”, sospecha que quedó confirmada por posteriores comentarios de índole política. He de confesar que no me he documentado en exceso, pues entre mis animadversiones también está no ver la televisión, que es lugar máximo de exposición de estas personas. Diría yo que una “Charo” es ya una mujer de edad avanzada, próxima a los sesenta o con estos ya cumplidos, con una ideología marcadamente progresista, defensora a ultranza de minorías sexuales, raciales, de eso que se llaman “pobres”, en general de las conocidas desigualdades sociales, algunas se visten como si tuvieran 20 años, se tintan el pelo de colores llamativos y hacen alarde de que no se depilan los sobacos y que nunca se han casado porque nunca les ha hecho falta un hombre a su lado. Son votantes del PSOE, y admiten, sin rubor ni tapujos, que les es indiferente que este partido político sea corrupto, les mienta, engañe, haga fraudes de Ley… Aplican siempre el mismo razonamiento: -cualquier cosa es preferible a que gobierne la ultraderecha – algo que incluso podría tener sentido, si no fuera porque la ultraderecha acaba siendo toda la restante humanidad que no piensa como ellas. Algunas incluso afirman que todos los varones somos violentos, violadores en potencia y terroristas, incluyen en el cóctel molotov a sus hijos y hermanos.
Confieso que la serie me decepcionó en su final, no es esto una tragedia, pues me enganchó el resto del metraje, y casi mejor así que al revés. Lo hizo porque, no sé si por ciertas exigencias de los productores, o porque el guionista tenía la necesidad, al final, con ese Cohle que nos recuerda a la figura de Jesucristo resucitado, de dar un pábulo a la esperanza. Al final Rustin admite que tal vez la luz vaya venciendo, cuando a lo largo de la serie nos ha intentado convencer de que la gran farsa ontológica, la de que hay una teleología en nuestras acciones, es la raíz de todos los males. Especialmente acertado es su análisis del fenómeno religioso que hace cuando visita la Iglesia Evangélica, el cual no es solo aplicable a las religiones, sino a todas las persona que profesan ideologías políticas, y me atrevería a decir a todos los que depositan su voto en las urnas, – adiós a unos cuantos suscriptores más -. Es la idea de que existe un fin en la existencia la que nos hace posicionarnos en un bando, en el ganador claro; lo hacemos para dar sentido a nuestras vidas, no importa violar esas leyes del universo, no lo hace como digo solo la religión, véase la deriva que toman ciertas ideologías que defienden aberraciones como la transedad o cómo se diga, o ven normal que gente trastornada, o que quiere llamar la atención, exija ser tratada como un perro, o casarse con un muñeco de trapo. Y lo hacemos, todas estas cosas, porque tanto si creemos en Dios, como en el progreso y la igualdad, no podemos aceptar que no hay una lucha cósmica entre el bien y el mal, y que no hay meta o fin para nuestras acciones más allá de sobrevivir cada día, a cada minuto y a cada segundo.
Lo cierto es que todos somos sombras, imperfecciones, y la razón, las grandes teorías y las defensas de las grandes causas, solo vienen a empeorar la situación. Frases como la de la señora son una prueba. Algunos me acusarán de ser oportunista y utilizar una frase en un espacio concreto. De ahí la fuerza de los rituales, y que algunos se deban de hacer de noche. En la noche, cuando pensamos que no somos observados es cuando actuamos acorde a nuestra naturaleza, es en el día a día, en los momentos sin importancia, cuando la observación de una persona nos dice mucho más que la que podemos obtener cuando interactúa delante de los otros, en sus diversos contextos sociales. No es complicado encontrar manifestaciones a favor del pueblo palestino en los que se hacen saludos nazis, se define a los judíos como pueblo que ha de ser exterminado, o simplemente se asocia que haber nacido en Israel es sinónimo de ser malo como par a las señoras «charos» ser hombre es sinónimo de ser violador.
Durante siglos la Humanidad lleva sufriendo los desvaríos de todos aquellos que han querido hacer un mundo mejor, desde la religiones hasta las políticas igualitarias. Ya Cioran nos avisaba de que toda idea ha de ser neutra, pero que el veneno del fanatismo se va incubando en ella, disfrazada de las mejores intenciones. Si nuestra meta fuera, más que hacer el bien al prójimo, simplemente no ser malo con él, puede que el mundo fuera un lugar mucho más sano. Lo cierto es que muchas personas se adhieren a ideologías porque no tienen otra forma de soportar su existencia, pero las ideologías eliminan el pensamiento crítico, nos hacen amar, pero fácilmente nos harán odiar, y lo peor es que no harán faltan grandes discursos, solo una palabra del gurú o político de turno, ellos, al igual que el predicador en la serie, saben canalizar el descontento, la miseria, pero no la estructural, sino la del día a día. De la misma manera que hace siglos se convenció a mujeres, niños y pordioseros para que marcharan en cruzada, hoy a las masas se las estimula para aceptar que quizás borrar a Israel del mapa sea lo mejor, y pese a que la situación es diferente, el proceso y patrón es el mismo. Que nadie tome esto como una apología del Estado de Israel, no tengo problema es denunciar sus excesos, como no lo tengo en definir a Hamas como un grupo terrorista cruel y sanguinario. En resumen: creo que la sangre vale igual sea de quien sea, y que los problemas no son monocausales, y que por ello no puede haber una sola variable, como que los hombres son malos, o que los judíos son los nuevos nazis. Los problemas han de ser analizados minuciosamente, y sobre todo tener la idea de que la verdad absoluta es casi un concepto metafísico más que experimental.
Mientras que existan personas que se adhieran a ideologías dirigidas por mangantes, y admitan ser engañados por estos últimos, no habrá ninguna esperanza; de hecho, yo opino como Cohle, – a ver si me llega ese momento de contemplar la luz-. Somos un error evolutivo, que viola esas leyes del universo, con una capacidad para destruir y regocijarse en el dolor ajeno que ningún instinto animal puede igualar. En definitiva, somos una especie carroñera, y nos alimentamos del cadáver del mundo y de los de nuestros hermanos, tantos los lejanos como los cercanos. Puede que por ello, a estas alturas, la santidad no esté tanto en ser generoso y bueno con los demás, sino simplemente en no ser malos con ellos. Como nihilista y tendente a la soledad creo que aportó mi granito de arena. Pero como es domingo, y hoy no toca paseo por el camposanto, me voy a tomar algo con una amiga, ya que uno de los principales signos de sabiduría es no tomarse demasiado en serio a uno mismo.
