“Ahora que ha vuelto la democracia quiero que todos nosotros pidamos perdón por los conventos quemados durante la guerra.”
Fernando Arrabal
“La mejor forma de conquistar una sociedad hiperinformada es sobresimplificar el mensaje.”
Guy Debord
Fernando Arrabal es recordado en el imaginario colectivo por su participación en un programa de debate de la primera cadena de televisión, en esa época ya casi prehistórica en la que solo habían dos canales y pese a ello, los seres humanos lograron sobrevivir, algunos incluso evolucionar, quién sabe si unos pocos a ser feliz. Corría el año 1989.
Básicamente, Arrabal se infló a vino, no sé si del bueno o del malo, y la lió en el plató, diciendo frases ya míticas y casi equiparables a: !Te das cuen, pecador!, o ¡cuñaoooo…!, concretamente: “¡El mileniarismo va a llegar!».
Más allá de que este sea uno de los pocos momentos verdaderamente auténticos que se han vivido en televisión junto con el de Umbral y el de “he venido a hablar de mi libro”, lo que me hizo reflexionar es que el hecho en cuestión se pusiera de moda o se hiciera accesible al público muchos años más tarde, creo recordar que al hilo de un programa de Telecirco” perdón, Telecinco, perdón a los señores del circo, que recuperó el momentazo y a partir de allí la gente empezó a dar la vara cuando iba entonada como Arrabal, repitiendo frases como: “el mileniarismo va a llegar”, “ es fea católica y sentimental, es judía”, “ deja hablar a la minoría silenciosa”.
De la gente a la que admiro intelectualmente he aprendido algo que por ser tan obvio hoy se considera casi un signo de debilidad, una impertinencia que puede hacer que las ovejas del rebaño se transformen en lobos y te troceen con la furia de los titanes. Esa enseñanza es que hay que leer, estudiar, y tratar de comprender a la gente que no piensa como tú, que profesa ideologías u opiniones que no son acordes con la tuya.
Parece ser que la frase de arriba la dijo Arrabal en un congreso de anarquistas que se hizo tras la muerte del dictador. Me pregunto si guardarían orden al formar la cola o al tomar asiento o como buenos anarquistas irían a su bola, puede que ese día el acomodador se ganara el sueldo. El caso es que según Arrabal le aplaudieron, la leyenda urbana es que le abuchearon y se cagaron en su puta madre. Por suerte la tradición anarquista de poner bombas parece que se ha atenuado, si bien la conducta parece que se ha traspasado a otras formas de entender la vida y de reclamar derechos; pero bueno, el progreso es así.
Auspiciado por el consejo, me puse a leer a filósofos postmodernos de los que siempre tuve la intuición, más popular, no sé si femenina, pero en ningún caso kantiana, de que eran un coñazo considerable. Y sí, efectivamente algunos lo son, pero, sorpresas te da la vida, he encontrado otros tremendamente interesantes, sugestivos, brillantes y con los que, no se me caen los anillos por decirlo, sean marxistas o lo que sea, estoy bastante o totalmente de acuerdo con ellos. Permítase el inciso de que puede que en esa época ser marxista era lo único que había para mostrar un cierto grado de rebeldía. Testimonios de gente como el del brillante economista Thomas Sowell, que pasó de ser marxista porque era lo único que había en su barrio de Harlem para explicar la pobreza, a ser un ilustre pensador liberal, atestiguan esta idea. El caso es que la lectura de “La Sociedad del Espectáculo” me maravilló tanto como me inquietó, sobre todo porque se escribió en los años 60. Y como toda gran teoría tiene que estar acompañado por lo ordinario y mundano, ya que de lo contrario solo es un galimatías que interesa a unos pocos, la “perfomance”, que dicen ahora los horteras, de Arrabal me hizo confirmar las ideas básicas de la obra del francés.
Una de ellas es que: “Todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación”.
Puede que los altos grados de insatisfacción personal que vivimos hoy en día como sociedad se deba a esta realidad, al parecer ya palpable en el año 1967. Puede que sea uno de los motivos de la necesidad continua de ocio, de la forma casi religiosa, de época bélica religiosa, que la gente tiene de aferrarse a ideologías que ni siquiera conoce, de la reivindicación perpetua de la nación, de la identidad, del colectivo, de la tribu y del clan, cuando nos guste o no, somos individuos, a pocos les importamos y moriremos solos como el soldado desconocido.
A pesar de que nos perfumamos para las citas y las bodas, nuestro olor suele ser el del tren de cercanías en hora punta, la del autobús en agosto con el aire estropeado, la del vestuario del gimnasio tras la sesión para conseguir un cuerpo para el que no hemos sido predestinados. Pese a que podemos grabar y compartir los momentos del perfume, el aroma se pasa y hay que buscar más, y para más inri no era del bueno, si no esa copia de Mercadona que vale cinco veces menos. Al final tenemos recuerdos, pero rara vez momentos. ¿Quién elige esto?, ¿ Ese demiurgo digital de las novelas cyberpunk?, ¿los gobiernos con sus agendas?, ¿nuestro libre albedrío?, ¿no es todo esto la misma cosa?, ¿por qué lo de Arrabal antes no hacía gracia, y en un momento dado se puso de moda?, ¿puede ocurrir lo mismo con los paradigmas científicos o las ideologías?, ¿entonces el progreso es un timo como las apariciones marianas y las abducciones reptilianas?, ¿y qué cojones hacemos ahora?.
Puede que simplemente llevar una vida más simple, apagar la televisión, dejarnos de series y de ver las vidas de otros que no existen pero a los que amamos u odiamos como si fueran reales. Yo lo llamó “disneyficación” de la sociedad. Incluso dejamos que estos personajes sean más importantes que las personas de verdad, como los niños que le hablan a sus muñecos. En definitiva vivir momentos que merezcan ser recordados, no fabricar recuerdos que intentamos convertir en momentos, que las más de las veces ya se han ido, que en muchas ocasiones ni siquiera existieron.
Creo que en “El Centinela de las Tres Lunas” se dice algo parecido. Llegará un momento en que las galaxias se separen y los soles se vayan apagando. La falta de luz hará que los planetas se congelen, se tornen áridos, carentes de la posibilidad de la existencia. Incluso en el supuesto de que pudiera existir vida en alguna parte del Universo, las distancias se harían tan extensas que la comunicación se haría imposible. Todos los seres de eso que llamamos realidad estarían condenados a desaparecer en soledad y silencio.
Todas las grabaciones, fotografías, e incluso aquellas que hubiesen tenido la consideración de arte, serán vencidas por el infinito del olvido y el silencio.
No sé vosotros, creo que algo tan trágico y bello a la vez merece una copa de vino, sin necesidad de subirla a Facebook, otras copas nos esperan para cuando estemos juntos, y si somos la minoría silenciosa, benditos seamos.
Aún quedan luces en las galaxias y en las almas.

