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LA GRAN REVELACIÓN

Era una mañana de abril, aún un tanto fría, por lo que había dormido con pantalón de pijama y su camiseta de Bola de Dragón en la que salía Songoku y Vegeta, se había tapado con una sábana en la que se veían los planetas del Sistema Solar. Como era costumbre, al levantarse miraba su póster, el que presidía su habitación, el de los Caballeros del Zodiaco, en el que salían el Caballero de Pegaso, el del Dragón, el del Cisne, el de Andrómeda y el del Fénix, este último era su favorito, ya que aunque lo matasen volvía a resurgir de sus cenizas, y por eso nunca podía perder. Su habitación no había variado de forma considerable prácticamente desde que nació, hacía ya veinticinco años; lo más nuevo eran unas hojas arrancadas de una revista “Gigantes del Basket” que estaban pegadas en la pared con espadrapo, de jugadores de la NBA. Fue al abrir la ventana de su habitación, la que daba al deslunado de la finca, cuando el rayo láser proveniente de la constelación de Orión, de la mismísima estrella de Betelgeuse, surcó las galaxias para informarle de que el ataque de los Reptilianos para el exterminio de la raza humana se daría exactamente de allí a 21 días. De esta manera, el 10 de mayo de ese mismo año, miles de naves reptilianas llegarían a la Tierra; lógicamente, no vendrían de Orion, pues está muy lejos, los Reptilianos, que llevan infiltrados en la humanidad desde que esta existe, tienen bases en la cara oculta de la luna, en Marte, Venus, Saturno, y en los anillos de Júpiter, también tienen bases en Ganímedes, pero eso también está bastante lejos. El sabía todo esto porque los Reptilianos se lo habían comunicado a través de rayos; había intentado darlo a conocer a la Humanidad, más concretamente a su comunidad de vecinos y a sus amigos del parque, que junto a la gente de los bares que conocía, a los que iba a tomar café con su madre después de hacer la compra, conformaban lo que para él era la Humanidad; él no tomaba café, porque los médicos le dijeron a sus padres que no era bueno, tampoco bebía Coca Cola y esas cosas porque tenía problemas de azúcar, como su madre, así que tomaba manzanilla y poleo, en vaso de cristal, porque en taza lo tomaban las personas mayores y eso no le gustaba.

Paradójicamente, al nacer fue un niño guapo, fue la enfermera la que ya el mismo día del nacimiento, se dio cuenta de que algo no había ido bien. Hasta los cinco años no le pudieron hacer diagnóstico definitivo; le dijeron a su madre que antes no se pueden hacer las pruebas del coeficiente intelectual, pero malformaciones congénitas en el rostro ya hacían intuir la realidad, si bien los médicos siempre les dieron cierta esperanza de que se tratase de un retraso madurativo. El caso es que a los cinco años, en un lenguaje que los padres no entendieron en su totalidad, les explicaron que su hijo sufría un retraso mental grave, ya que su coeficiente era de 31, es decir, estaba en el arco que marcaba el retraso mental grave.

-¿Entonces, mi hijo es subnormal, doctor? – le preguntó la madre.

-Sí, señora, en resumen es eso.

A pesar de sus cortas miras, él se consolaba con lo que le solían contar sus padres, lo de que solo entre el uno y el tres por ciento de la población era así, y que por ello era alguien especial. Cuando cumplió catorce años a su padre le diagnosticaron una enfermedad en los pulmones. Había estado trabajando de técnico de laboratorio veinte años y un producto químico los había acabado dañando. El caso es que le dieron una pensión de invalidez, pero tenía que llevar un aparato enchufado todo el día, con uno de esos cables conectados a la nariz, uno de esos que dan la sensación de que estás en un hospital pero todos los días. Con eso y con la pensión que recibían por la discapacidad de su hijo iban tirando. La madre se dedicaba a sus labores, que se resumían en hacer la compra, limpiar la casa y cocinar; tenía fama de buena cocinera, le salía muy bien la sepia encebollada y el magro con tomate, también la paella, a la que le daba su toque personal, con taquitos de jamón y bolitas de sobrasada. Como a su hijo lo conocía todo el barrio, y por lo general la gente se solía portar bien con él, lo soltaban por la tarde, después de comer, por la calle; a veces iba a la asociación vecinal, donde tenían el Canal Plus y dos o tres veces a la semana ponían una película de las nuevas para que las viese el vecindario, pero con cuidado, porque siempre había un vecino que recordaba que eso estaba prohibido, y que podría ir la policía a hacer una redada y detenerlos a todos. La verdad es que ser diferente también tenía sus problemas; fue sobre todo al hacerse mayor y darse cuenta de que jugaba con niños más pequeños que él, cuando decidió dedicarse a dar esos paseos por el barrio, no muy lejos, porque también le habían dicho, más de una vez, que había bandas de malhechores que se dedicaban a secuestrar a los subnormalitos para quitarles los órganos y vendérselos a la gente rica. El caso es que cuando tuvo sobre los dieciocho empezó a comprarse “Año Cero” y a entregarse con devoción al tema de la ufología, aunque las primeras revelaciones aún quedaban lejos, pero ahora, era muy diferente.

-Pero es que cuando vengan van a matar a casi todos.

-Qué va, si en el mundo hay mucha gente, ¡cómo van a matar a todos!

-Qué sí, que vienen en naves y tienen rayos láser, y además, tienen hipnotizados a la mayoría de los jefes del mundo, y les van ayudar.

Pese a sus esfuerzos, el resto de los humanos, es decir, sus vecinos, lo ignoraban, su don era también su carga, le era muy duro conocer la verdad y que todo el mundo pasara de él, y cuanto más se acercaba la fecha, más en saco roto quedaban sus intentos. Había mandado cartas a Telecinco y Antena 3 pidiendo poder ir a la tele para contar la gran revelación, no mandó cartas a la Primera ni a la Segunda porque había oído que esas teles, como las paga el gobierno son muy serias, y por ello pensó que no le harían caso. No recibió contestación.

Al menos esperaba poder salvar a sus padres, ya que si lo creían se podrían ir a alguna parte aislada de Cuenca o de Ciudad Real, o de por allí, en una cueva o algo parecido podrían vivir alejados del dominio de los reptilianos, un poco parecido a cómo lo hacían sus abuelos, que vivieron toda su vida en Abia de Obispalia, Suponía que después de haber conquistado el mundo, a los Reptilianos les daría igual que algunos terrícolas vivieran en zonas apartadas.

-Los Reptilianos son como los de la serie “V”, ¿os acordáis que me comprasteis el VHS?

-Sí, José Manuel.

-Pues eso, los reptilianos son como lagartijas, pero muy grandes, algunos viven entre nosotros, pero llevan máscaras como en la serie; como van en naves espaciales pueden echar rayos láser y cargarselo todo, y los aviones y los tanques no pueden hacer nada. Desde hacía años guardaba una máscara de la serie que habían dado con la revista “Tele indiscreta”, una máscara que imitaba a los extraterrestres cuando a su vez estos no llevaban la máscara que les hacía pasar por humanos. Se la ponía para dar más dramatismo a la exposición. Sus padres, aunque no le hacían caso lo escuchaban incluso con cierto orgullo, como si este tipo de cosas les dieran la razón cuando le decían a la gente que su hijo era más listo de lo que aparentaba.

Apabullado por los fracasos, y ante la inminencia del cataclismo, paseaba por los bordes de la ciudad que separaban el núcleo urbano del polígono industrial. Era una zona que parecía algo así como un paréntesis en el gran vendaval de la vida; de tierra con motas finas y semejantes y algún pequeño matorral; a veces aparecía algún sofá roído que algún grupo de jóvenes llevaba para poder sentarse y fumar porros o hacer botellón sin molestar a la gente, como el ayuntamiento los acababa retirando, las más de las veces los jóvenes iban con el coche, abrían las puertas y el maletero y ponían música de moda en esos tiempos, el “Máquina Total 8” y ese tipo de discos. Era esa música y el olor del alcohol barato del Mercadona, sobre todo el de una sangría de marca blanca junto al de los petas, el que daba al lugar un aroma muy singular, como el que han de tener todos los templos. Pero eso era solo los fines de semana. Los días laborables eran sinónimos de ausencia de gente, y esta, junto a la extensión, hacía que su imagen al caminar por esa tierra tan semejante tuviera un halo de profeta, uno de esos profetas del desierto que ha recibido la gran revelación y que ha de informar a los gentiles de lo que está por acaecer; pero al igual que le ocurrió a Jeremías, él solo recibía la burla de sus coetáneos. Se quedaba mirando el límpido cielo a la espera de su llegada; las nubes solo serían frágiles escudos, sus poderosas naves las atravesarían con la facilidad con la que él recortaba las páginas de las revistas para pegarlas en la pared de su cuarto; y alargaba el brazo, mirando a las estrellas que aún no se podían ver porque era de día, como si de esa manera, él, pese a su finitud y sus carencias, pudiera participar de ese misterio que resumimos con la palabra eternidad. Hablando de eternidades, los domingos iba a misa con sus padres; a él le gustaba bastante ir, su parte favorita era cuando iba a comulgar y ponían en la iglesia música mientras la gente hacía cola para recibir la sagrada forma, de hecho tenía la canción en una cinta de canciones religiosas, en la que en la portada del cassette se veía a un Jesús con forma de niño que iba con una oveja -”Jesús es la vida y la resurrección, él es nuestro Señor, Él nos llevará a ver el rostro del Padre, lleno de amor, porque Él es la vida y la resurrección; la muerte no es más que un capítulo sin importancia porque nuestra vida es el camino que nos llega a la eternidad…”- Se sentía importante al recibir la hostia, puede que fuera él único momento de su existencia en el que era igual a los otros; la eucaristía le hacia estar contento, más cuando recordaba que él iba a ir seguro al cielo, al menos eso le había dicho el padre Miguel, el cura de la parroquia, porque al parecer Dios deja que nazca gente como él para que los otros se den cuenta de que ellos son los malos y los imperfectos y los subnormales y los enfermos, los que se van a morir pronto y seguro, existen para que los otros se den cuenta de estas cosas, a cambio, los subnormales y los que se mueren de niño o tienen enfermedades que no se curan, van seguro al cielo, y como el cielo dura para siempre, la verdad es que es un buen negocio.

Tras volver de la misa, doblaba su camisa y su pantalón, de los que tenía buenos, y los metía en el armario, luego se quedaba en su cuarto, leyendo el “Año Cero”; también se compraba “El Cinturón Negro”, una revista de artes marciales, aunque no practicaba ninguna le gustaba hojearla, especialmente el catálogo de productos que iba anexo a la revista y en la que se vendían kimonos y otros accesorios, como nunchakus y estrellas ninja. Sus padres estuvieron ahorrando tres meses y le compraron un video para su cuarto, y como su primo, que trabajaba en una gasolinera de Cepsa, se había comprado una tele nueva, de las grandes, le regaló la vieja, que era solo de 21 pulgadas, pero aún se veía bien. Sus padres le dejaban quedarse en su cuarto viendo películas, como ya no estudiaba en el cole porque su mente no daba para más, y no tenía que madrugar porque al centro asistencial iba por la tarde tres días a la semana, le dejaban quedarse, pero eso sí, como muy tarde hasta las doce; lo cierto es que también lo hacían porque así ellos se quedaban en el salón y podían ver lo que les apetecía, especialmente la madre, que siempre elegía lo que ver ya que el padre nunca decía nada, de hecho ella tenía la sospecha de que la enfermedad pulmonar le había afectado también a la mente, y que ahora era más tonto que antes, pero no ella no decía nada porque era muy improbable que le subieran la pensión por esto. Le gustaban a José Manuel las películas del Oeste, más que nada por la música y por las frases que decían los vaqueros, había visto “El Bueno, el Feo y el Malo” muchas veces, y a partir de allí se aficionó al spaghetti western; también porque esas películas en el videoclub estaban baratas y por 300 pesetas se llevaba dos y no las tenías que devolver hasta 48 horas después. Memorizaba las frases y se imaginaba que se las decía a los Reptilianos -”He venido para acabar contigo”, “Si quieres matarme, adelante, pero recuerda, no falles porque no tendrás otra oportunidad”-. Por desgracia los Reptilianos eran muy superiores tecnológicamente a los humanos, y nadie podía hacerles frente. A veces se preguntaba si Jesús también había creado a los Reptilianos, suponía que sí, porque Jesús es también Dios y Dios puede hacer lo que le dé la gana. También le gustaban las películas de chinos de artes marciales. En su barrio había algunos chinos y se preguntaba si ellos también sabrían hacer la guardia de la serpiente, o el golpe de la boca del tigre, suponía que al igual que a los españoles les gusta el fútbol o van a los bares, los chinos tenían que saber Kung Fu. A él el fútbol no le gustaba porque cuando era pequeño lo ponían de portero y se reían de él. Lo cierto es que no todo era de color de rosa, había tenido que sufrir burlas por su condición y más de una vez algún niño, y no tan niño, al cruzarse con él decía -Mira al retrasado este- y cosas aún peores. Una vez le comentó lo de las burlas al padre Miguel mientras se confesaba para tomar la comunión, y el padre le dijo que con Jesús y con los santos pasaba lo mismo, que también la gente mala se reía de ellos, porque en el mundo hay gente mala, pero uno ha de ser bueno. La verdad es que no entendió lo que le dijo el padre Miguel, y se sentía mal recordando cuando lo insultaban.

Los veranos se iban a Abia de Obispalía, como el padre ya no trabajaba se pasaban más de dos meses. Hacía allí menos calor. La vida de la familia en el pueblo no se diferenciaba en exceso de la vida en la ciudad. José Manuel se llevaba la tele, el video, las cintas y sus revistas a la casa del pueblo, el problema era que como esta era pequeña tenía que poner el volumen muy bajo para no molestar a los padres, por eso en verano veía más películas de chinos, porque en estas los diálogos no importaban tanto como en la de vaqueros. Allí, sin ser consciente de ello, debido a sus limitaciones cognitivas, tuvo lo que muchos místicos han experimentado, y que recibe el nombre de experiencia religiosa, que a su vez, cuando esta es llevada al extremo, recibe el nombre de éxtasis. Fue al andar por los llanos, con la luz del sol presente en el fijo horizonte, y al oler la hierba arrugada por los vientos, cuando sintió dentro de su ser la inextinguible imperfección de la condición humana, y como esta cualidad es una carga que se porta durante toda la existencia, y que al persistir siempre un silencio existencial de la causa los hombres tienen que inventar a Dios, igual que inventan esas películas de vaqueros en la que los buenos no son tan buenos ni los malos son tan malos, igual que inventan esas cosas de partidos políticos que ven sus padres en la tele, las canciones de Julio Iglesias que su madre escucha en la minicadena vieja de la cocina, y todas esas cosas que estudiaba en el cole, antes de que le dijeran que ya no tenía que estudiar más porque lo que debía de aprender ya lo había aprendido y que ahora iría a un centro asistencial donde habría más gente como él con la que jugaría y haría cosas para distraerse. Era en el momento del atardecer, cuando el cielo se iba tornando sombrío, pero aún guardaba recovecos de luz, como se guardaba la esperanza, no en la guerra, ni en el oprobio, sino en el día a día de esa inextinguible imperfección humana, cuando esa sensación se acrecentaba. Se quedaba mirando el horizonte, el mismo por el que llegarían sus aliados, que aún tardarían en darle la gran revelación, era entonces cuando un ligero viento que rozaba su piel le hacía participar de un algo que algunos llaman Dios, otros el destino, la mayoría la vida, pero que se resume siempre en la gran pregunta que ni siquiera sus amigos estelares podrían responder. ¿Por qué existe algo y no la nada?

Lo único que tenía vetado era ir a la casa de El Mangas, un hombre ya muy mayor que había cumplido pena de presidio, por al parecer, haber abusado sexualmente de su nieto durante años, el cual no era disminuido psíquico como José Manuel, pero se ve que tenía algún tipo de trastorno mental. Como todo el mundo lo llamaba pederasta, pervertido e hijo de puta, y alguna vez lo habían agredido tirándole piedras, El Mangas vendió la casa del pueblo y se compró una casa de campo apartada de Abia de Obispalía; allá plantaba limones y tomates y se sacaba un dinero, que junto con la pensión le daba para simplemente vivir, pero vivir al fin y al cabo. Se había acostumbrado a ir siempre con gafas de sol y una de esas gorras de cajas rurales que lleva la gente de campo, y las llevaba siempre, aunque estuviera solo, o dentro de la casa, a modo de marca de Caín. Fue el día antes de volver a la ciudad, mientras andaba por los campos, cuando José Manuel sintió un impulso que le impelía a caminar y caminar, como si quisiera huir de la pequeña casa de campo en la que tenía que poner el volumen bajo. Fue descubriendo así nuevos parajes, de limoneros y otros árboles que desconocía, hasta que llegó a la casa del Mangas, que estaba como separada a causa de una acequia por la que pasaba el agua de riego. Sintió miedo, pero también pensó que ahora él era uno de esos tipos de las películas que tanto le gustaban, que no importaba que no supiera artes marciales, ni tampoco disparar, que ahora era valiente, se encontraba poco menos que en la encrucijada del peligro. Los campos de Cuenca no se distinguían tanto de los de las películas del Oeste, nunca supo que la mayoría se rodaron no muy lejos de allí, y por ello esa reconocible imperfección vital, que se debe no tanto a que desconozcamos lo complicado y arduo, sino a que no nos damos cuenta de lo que es obvio, pese a que muchas veces se encuentra delante de nosotros. El Mangas salió con un fusil de balines, de esos que se usan en las ferias para disparar a los palos y llevarte la golosina que está pinchada en uno de ellos. Llevaba unas gafas de sol de pera anchas, como las que llevan los tipos duros de las películas de América, pero sus brazos arrugados y finos como alambres oxidados, pese a que las gafas no dejaban ver sus arrugas marcadas como surcos en el barro, dejaban bien claro que su vida ya había pasado, y que ahora no era más que sombra, sombra de la sombra de la eterna imperfección.

-¿Qué haces tú aquí, niño de los cojones?

Antes de responder se fijó en la gorra que llevaba el viejo, era de la empresa Cepsa, y no de una caja de ahorros, se acordó de que su primo, el que le daría la tele un poco después, ya que trabajaba en una gasolinera de esa empresa.

-¿Tú vives en el pueblo, hasta aquí te has venido andando?

-Sí, es que me ha dado por caminar y he llegado hasta aquí.

El viejo no tardó en caer en la cuenta de que el chico no era normal, era en esencia como su nieto, aunque los médicos dijeran que tenía otra cosa, eso y aquello, pero sí, en esencia era un residuo más que la naturaleza traía al mundo, al menos así lo pensaba él, y ante todo era alguien indefenso, un gran trozo de carne al que la picadora de la sociedad cortaría para luego ni siquiera comerla. Tuvo el viejo una sensación semejante a la del mal en estado puro, como si este fuera un aroma o una síntesis que se puede capturar, y no es necesario hacer pactos con el diablo, ni invocar a los espíritus más impuros y réprobos que existan. Tan solo es necesario recorrer las calles, ya sean del pueblo, ese mismo que supuestamente esconde la pureza de la vida raptada por las ciudades, o las de estas últimas, con todo eso que ofrecen a lo largo de su asfalto, en sus escaparates, en las pantallas de los televisores, en los carteles, en las carreteras e incluso en las iglesias, solo era necesario un pequeño paseo para captar esa esencia, esa realidad, la que el viejo tras muchos años volvía a experimentar.

-¡Pero tú estás mal de la cabeza, chaval, que menuda caminata te has pegado!, anda pasa, que te dé agua del botijo fresca, y te marchas pa la casa.

Nada ni nadie pudo ver el momento en que José Manuel se introdujo en la casa del abuelo, y nada ni nadie escuchó el sonido hueco que la puerta hizo al cerrarse tras estar muchos días abierta.

Fue al volver del pueblo cuando José Manuel empezó a prestarle más atención de lo debido al tema de la ufología, en especial lo referente a los Reptilianos, esos conquistadores de universos que ahora se dirigían a la Tierra, y desde luego no con buenas intenciones. Sus padres notaron que anduvo raro algunos días, porque ya no alquilaba tantas películas de esas de chinos y vaqueros que le gustaban, por contra, ya no solo se compraba el “Año Cero”, sino también “ Más Allá” y “Karma 7”; a la madre no le hacía gracia, porque esas revistas hablaban de fantasmas y de niños poseídos por Satanás, las miraba la madre y veía a cristos que lloraban sangre y gente con estigmas en las manos y en la frente que decían que hablaban con la Virgen, y que esta les decía que la cosa iba mal, porque si la gente no se ponía a rezar el rosario e ir a misa se iban todos de cabeza al infierno, que como se podía ya suponer, es un lugar horrible, y a los estigmatizados se les reproducían las visiones que la Madre de Dios tenía de ese impávido lugar. Por otra parte pensaba la madre que así José Manuel espabilaría y se daría cuenta de que la vida no es como las películas de vaqueros. El padre no decía nada, se quedaba sentado con su máquina enchufada de forma perpetua, mirando la tele, sobre todo Telecinco y Antena 3, se pasaba así horas, solo interrumpidas por las comidas o por las necesidades fisiológicas. Desde lejos, daba la sensación de ser uno de esos ascetas que se fueron al desierto para encontrar a Dios y que se quedaban quietos durante horas; era así un asceta estático de los tiempos modernos.

Y así, finalmente llegó casi la hora: el 9 de mayo José Manuel se fue acostar como era habitual un poco antes de las doce. Tuvo una sensación extraña, sí, verdaderamente fue extraño, y es que sintió que todo esto se fuera a acabar, o al menos que, como resultaba evidente, las cosas ya no iban a ser como hasta ahora. Lo sintió pese a recordar esas miradas de la gente por la calle que le recordaban a cada instante que era diferente, pese a esas certezas de todos los días, la de que él nunca sería nadie, que eso de que era especial no era más que un consuelo, como el que tiene la gente cuando se muere y que se supone que se va después al cielo. Lo sintió pese a la soledad, pese a las ofertas de todos los días de los supermercados, pese a los pantalones cosidos y remendados, y a las mochilas que tenían agujeros, pese a las televisiones gigantes y los vehículos caros que nunca tendría, pese a los apartamentos al lado de la playa y los chalets con piscinas en las que parece que el sol no castiga tanto y en los que nunca viviría, pese a todo eso que en breve desaparecería y que le estuvo vetado por el simple hecho de nacer, lo sentía, y no sabía muy bien por qué, recordó las caras de la gente en las colas de los supermercados, las manos que olían a limpio y que lo acariciaban y le decían que era un niño muy guapo, a los amigos del colegio que le dejaban los juguetes, y a sus padres, que a veces ahorraban para comprarle cosas. Mirando el techo de su habitación, poco antes de su llegada, por alguna razón sintió una bella sensación de paz que sin duda se asemejaba a la caridad, a la fe y a la esperanza, lo más parecido que un ser humano puede experimentar lo divino si es que ha habido alguno que haya sentido a Dios, pero pensó que pese a que casi todo el mundo fuera a morir no era una tragedia, ni siquiera lo era que no hubiese podido convencer a sus padres para que se fueran al pueblo, quizás esa canción que escuchaba en la misa cuando iba a comulgar fuera cierto, igual que la historia del caballero que tenía pegado en su pared. Y por eso había que tomar la vida como una parte más de un algo que nunca se llega a entender del todo, como una escena más de esas películas que veía, o como una página más de esas revistas que lo salvaban, aunque fuera de manera momentánea, de esa inextinguible imperfección de la vida, tal vez fuera cierto eso de que al final de un modo u otro resurgimos de nuestras cenizas y que por eso nunca podemos perder, que nuestras vidas no son más que un camino para llegar a la eternidad.

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