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LA GRAMOLA DE HAN

Byung-Chul Han termina su libro “No cosas” con una bellísima digresión sobre una gramola. A causa de un accidente en bicicleta se topó con una vieja tienda de gramolas. Se enamoró de una de ellas y la compró – Han afirma que tiene la capacidad de enamorarse de las cosas, de la materia, afirma también que los metales son similares a las plantas y que la metalurgia se asemeja a la alquimia -. No parece la mejor carta de presentación para un pensador.

El miércoles retomé las clases de Aikido. Como suele ocurrir con los reencuentros, estos son un poco caóticos. Era palpable que el profesor no había preparado la clase. Siempre hay un cierto miedo a la lesión tras un parón significativo; puede que se compense con la práctica de técnicas variadas que nos reafirman en los meses o años de entrenamiento pasados. Creo que este razonamiento se puede aplicar a otros ámbitos de la vida.

“Fahrenheit 451” siempre ha sido una película especial para mí. Recuerdo verla hace muchos años, cuando era adolescente una madrugada de invierno. Su estética antigua ya en esos años, su colorido, los ojos de los protagonistas, esa idea descabellada de quemar los libros…

Para Han utilizar su gramola es un ritual que lo une al tiempo y le da entidad al espacio. Pese a poder activarla con un botón, mete una moneda en la máquina; escucha el metal caer y el ruido posterior del brazo mecánico que coge el disco. Todo ello forma parte de la melodía. Otro pensamiento que me ha llamado la atención del libro es la sacralización que el autor hace del silencio. Hoy en día el silencio es casi imposible: los ladridos de los perros del vecino, los correteos de los niños de los otros vecinos; pitidos exteriores de todas clases o tráfico que la noche no logra censurar. Nuestros móviles avisan continuamente de nuevos mensajes, no importa que los silenciemos, hay un ruido en nuestro interior que nos impele a mirar la pantalla. Qué decir de la cantidad de canciones de las que podemos disponer de forma casi inmediata. La cruzada contra el silencio es generalizada.

Suelo alargar en el tiempo el revisionado de la película de Truffaut. Cada diálogo, cada escena y cada fotograma es también un ritual que me hace reflexionar, sobre aquello que un día admiré, y reflexionar muchas veces, tan solo es recordar. Soy como Han, que vive en una casa sin apenas muebles con esa gramola donde solo puede elegir entre unas pocas canciones que languidecen ante la apabullante lista de las plataformas musicales. Cada uno tiene su ritual, los rituales nos dan sentido de pertenencia al mundo, simplifican un hecho que por lo general trae consecuencias nefastas: el de adaptarse al ambiente. Todo ritual termina siendo adaptativo, por lo tanto nos hace más inteligentes; la disciplina que exteriorizan es solo un efecto, no la causa como se cree habitualmente.

Las técnicas de Aikido tienen mucho de ritual. Yo he desechado por ahora la mayoría, solo practico unas pocas. Intento conocer cada detalle, cada aplicación, cada elemento, y así, también forman de mi vida. Están cuando el día no es muy bueno, o por el contrario es excelente; están en la monotonía y en lo excepcional, en la soledad o cuando esa chica nos sonríe, pero siempre están ahí, por eso no han de ser muchas.

Hoy en día ya no existen rituales, incluso la seducción se automatiza. La pornografía eclipsa al erotismo, cualidad divina que imita al dios Eros y sus acciones. Nuestros actos no están acompañados de procesos cognitivos, solo queremos sentir, y la memoria, la gran vilipendiada de la época actual, es olvidada. Ya solo consumimos, y la sobreexposición hace que no tengamos momentos para recordar porque mañana habrá algo más.

Unas pocas técnicas son suficientes, su dominio lleva de manera casi secuencial a la comprensión de otras; unas pocas canciones a veces bastan, como dice una de ellas:

 “Miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos, y si las lágrimas vuelven, ellas me harán más fuerte…”.

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