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¡NO TE RÍAS, GWYNPLAINE!

“Tienes suerte, eres un payaso que no se tiene que borrar su maquillaje todos los días.”

                                                                                                “El Hombre que ríe”. Paul Leni. 1928

 “En toda falsificación hay algo de realidad, de emoción del falsificador.«

                                                                                     “La mejor oferta”. Giusseppe Tornatore. 2013

Es curioso que pese a la diversidad actual, prácticamente todo se pueda o se deba de hacer de dos maneras: bien o mal, como en las épocas (injustamente vilipendiadas) medievales.

Así pues, hay que comprar ropa de segunda mano a través de aplicaciones, ya que al parecer es bueno para el planeta, intuyo que para el bolsillo de los dueños de la empresa también. Metemos nuestro dinero en un banco, “no banco”; Me alegra ver que el principio de contradicción inaugurado por Parménides, aunque en esto haya agria polémica, guarden los aristotélicos sus cuchillos y piedras, ha llegado a nuestros días aunque sea de esta forma. El caso es que si metes tu dinero en el “no banco” te conviertes en un “nómada”, cojonudo pues. Hacemos de la lucha de las minorías y del trabajo digno una de las banderas mundiales, cuando en los últimos 18 años se han celebrado dos mundiales y unos juegos olímpicos en China, Rusia y Catar. Son estos países, por si alguien no había caído en la cuenta, dictaduras donde los homosexuales, los inmigrantes e incluso las mujeres tienen menos derechos que un vegano en un asador argentino.

“El Hombre que Ríe” es una película (muda) de 1928 dirigida por el alemán Paul Leni, aunque es de nacionalidad estadounidense, ya que el director, puede que intuyendo lo que estaba por venir, se fue a “hacer las Américas”. Es llamativo que en muchas ocasiones los artistas sean recordados por prácticamente cualquier cosa menos aquella por la que trabajaron tanto. En este sentido, la película es un claro ejemplo, ya que es fundamentalmente recordada porque su protagonista, Gwynplaine, fue la inspiración directa para crear el personaje de “Joker”. El parecido es tan obvio que el creador de Batman, creo que se llama Bob Kane (nunca he sido muy fan de superhéroes), jamás lo negó, de hecho hay una colección de cómics del hombre murciélago que se llama como la película en claro homenaje.

Para un artista siempre es perturbador delimitar la línea entre la inspiración y el plagio. Incluso da para un debate si escribir lo mismo con diferente letra lo es. Pero no quiero centrarme en criterios estéticos, precisamente en una sociedad en la que la variedad de los estilos de vida se ha hecho tan patente que algunos sociólogos afirman que entrados ya en la posmodernidad como (a mi entender por desgracia) ahora estamos, no se puede hablar de clases sociales, sino precisamente de esos tan variados estilos de vida. Lo que es sorprendente es que estos estilos se definen principalmente por la forma que tenemos de consumir, que en resumen, como he dicho al principio, es hacerla de una forma necesaria y las más de las veces delimitada; así de simple y así de claro. Al final gana siempre el capitalismo, sistema que defiendo no tanto por sus bondades y admitiendo sus fallos, sino porque lo prefiero a la checa, al sistema híbrido de China o a la economía de huerto urbano colectivo y ropa de segunda mano, pero en verano Iphone nuevo y viaje a París con todo pagado, que para eso hemos trabajado.

Yo creo que no hay nada malo en admitir que todo artista es un imitador; desde la filosofía, donde las teorías de esos personajes de la Antigua Grecia, cuyo nombre nos suenan  a algo chungo que no vamos a pillar, han sido reelaboradas una y otra vez hasta caer casi en el plagio, a la propia literatura o la pintura, por supuesto el séptimo arte. Son incontables los grandes clásicos cinematográficos actuales en los que se ven claras influencias, por no decir copias, de otras películas, muchas veces no conocidas y consideradas de serie “B”. Algunos cachondos como Tarantino lo admiten y meten canciones de las bandas sonoras de esas películas en la suya. Por ello admitir que nuestra vida no va a ser nada original y que con sus defectos y virtudes se asemejará a las de muchos otros que nos antecedieron así como  a las de nuestros coetáneos, no ha de ser en absoluto problemático.

Dejo a un lado las casi divinas artes y me centro en lo social, pues. Percibo en el individuo y en la sociedad un intento, que las más de las veces es un lamento, por demostrar que su vida es algo diferente, digna de atención, en cierto sentido única, utilizaría aristocrática si esta palabra no fuera sinónimo de algo peyorativo, cuando muchas veces los aristócratas han sido los que han hecho evolucionar las sociedades. Este pensamiento se ve reflejado en actitudes o conductas que por desgracia cada vez se generalizan más, como que me voy a hacer rico, pero no va a ser trabajando ni invirtiendo miles de horas de mi tiempo para ello, porque eso es de pringados, lo voy a hacer, por ejemplo, con las criptomonedas, porque un amigo ganó 500 euros y es tonto, yo soy más listo y ganaré más. El desarrollo lógico de este tipo de pensamientos suele desembocar en que al final el Estado me tiene que mantener porque soy un ser especial, podéis comprobarlo. Parece que muchas veces el ansia del viaje o de la comida está en enseñarlo como el del acto sexual en contarlo; y la verdad, como podéis  imaginar, me importa una po… lo que comáis o que estéis en Asturias, y no porque yo sea avinagrado que a veces lo soy, sino porque verdaderamente lo que a nosotros nos pasa les importa a unas pocas personas en el mundo. Otra cosa es que yo os pueda pedir que os suscribáis a mi página y vosotros me contéis cosas de vuestro trabajo o de vuestra relación de pareja y yo, claro está, esté dispuesto a escucharos. Pero por favor, dejad de enviar fotos de paellas o de cuando estáis “lijados” en una discoteca, justo en ese momento concreto, en el que se pasa de tener criterios para la selección sexual a estar dispuesto a liarte hasta con la prima de Carmen de Mairena (que en paz descanse).

El pobre Gwynplaine lo pasa mal (fue operado vilmente en su infancia, la cirugía hace el efecto de que parezca que siempre esta riendo, aunque su estado anímico no se corresponda con la alegría), está condenado a ser un bufón, a que todo el mundo se ría de él porque él a su vez es el hombre que ríe, tranquilos, que no volvemos con la Lógica Clásica. Sin embargo Gwynplaine cuenta con una ventaja. Sabe cómo es el ser humano, porque ellos siempre reaccionan ante él con sinceridad, no pueden disimular ante ese rostro condenado a la misma expresión. Pueden reírse o pueden insultarle, pero en ese momento se muestran como son. Uno de los problemas que yo percibo en la sociedad actual es que es muy complicado llegar a saber cómo piensa una persona, cuáles son sus motivaciones, sus aspiraciones, qué puedo esperar de ella; y no es porque sea maruja, es porque al no saberlo me es muy difícil aceptar al otro, y eso es lo que yo quiero hacer, aceptar a las personas con las que me encuentro en el camino, porque creo que eso me hará a mí mejor persona; por eso siempre hay que mirar un poco más y no quedarnos con lo accesorio: con esa ropa, con esa ideología, con ese equipo de fútbol, pues como dicen en “La mejor oferta”, película de la que hablaré otro día, todos tenemos nuestra parte original, y esa es la que hay que buscar.

Es paradójico que el noble Gwynplaine fuera la inspiración para el archivillano de “Batman”, pero como ya os comenté al inicio, la vida se genera en la contradicción, al menos eso pensaban los griegos (y también otras culturas nobles como la de la India) y en ella es donde de verdad encontramos la originalidad, la complementariedad, y por qué no, un sentido del humor y un gusto por lo absurdo que hace que la vida también, además de interesante, merezca ser vivida.

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