Saltar al contenido

HERMANOS DE LA OSCURIDAD, HIJOS DE LA LUZ

“El tiempo es un abismo profundo como mil noches. Siglos van y vienen; la muerte no es lo peor. Es más cruel no poder morir”.

Nosferatu, vampiro de la noche.

Puede que toda nuestra vida no sea más que excusa para combatir la ausencia.

Nacemos desnudos, sin nada, ni siquiera nuestro nombre nos pertenece aún. Morimos siempre ocultos, ya sea por el fuego devorador o por las paredes del nicho o de la propia tierra, de nuevo sin nada, puede que aún con nuestro nombre, pero tu nombre, tarde o temprano, acaba siendo el de otro, el de todos aquellos que aún son.

Nosferatu, Phamton der Nacht” en España: “Nosferatu, vampiro de la noche”, es una película de 1979, rodada por el alemán Werner Herzog y protagonizada por Klaus Kinski, Isabel Adjani, Bruno Ganz y Roland Topor, en sus papeles principales.

Creo que de manera equivocada se suele hacer referencia a ella como un “remake”, ¿no hay palabras en español para esto? De la película de 1922 dirigida por F.W. Murnau, “Nosferatu: Eine Symphonie des Grauens”, en España “Nosferatu: Una Sinfonía del Horror”. Digo de manera equivocada, pues muy pocas veces una película se convierte, no en una copia interesada e ideologizada como ocurre en nuestros días, sino en un verdadero homenaje que acaba adquiriendo consciencia y vida propia cual cuento mitológico o relato prodigioso de la creación. A pesar de que recrea muchas escenas de forma literal, la película tiene una estética propia, de hecho tiene un tono, creo que allí es donde se encuentra su grandeza, entre lo documental y aquello que es fronterizo entre la materia y el espíritu; llamadlo onírico, espectral, telúrico o mágico. En ese sentido la película es antropológica, con esas momias del principio, por cierto, son reales, se pueden encontrar en un museo en Perú, ¡qué chico tan raro este Werner!, los gitanos del pueblo, que no son actores, algo habitual en el cine de Herzog, y esos parajes en los que la naturaleza se expresa con toda su fuerza e ira. En ella, ese burgués medio de la ciudad tranquila y aburrida es definitivamente cautivado, vencido y asimilado, creando el sendero para esa transformación final de la que hablaremos más tarde.

Pero, ¿ausencia de qué? Es posible que sea aquí donde estribe el problema. Antropológica y filosófica. Sí, los lamentos del vampiro lo son también de la especie humana, y eso puede ser lo más pavoroso del film. Los filósofos han recurrido a intrincados razonamientos para intentar hacer algo complejo la gran realidad de la existencia. El dolor continuo por la ausencia de lo deseado y la poca alegría cuando este se cumple. – “Toda felicidad es negativa”, “es por ellos que tantos Teseos han abandonado a su Ariadna” –, decía Schopenhauer. Sí, el castillo del monstruo no es otra cosa que el castillo de nuestra alma, y es oscura, pese a los mundos inventados y los paraísos perdidos.

La película tiene escenas para el recuerdo que son de una belleza capturada y robada que puede que ya no se repitan: Las cascadas, símbolo de la prevalencia de la especie sobre el individuo. La entrada del carruaje enviado por el vampiro en la gruta, antesala de todas esas pulsiones y sombras que anidan en nuestras profundidades. El deambular psicótico del engendro por la ciudad acompañado de las ratas. La llegada del barco infectado en el puerto, que como suele hacer el mal, lo hace sin llamar la atención, ante los ojos de todos. El mar pintado de colores borrascosos hasta que la arena es invadida por las cruces, metáfora de la finitud y de las ansias por superarla. Pero yo ante todo me quedo con esa belleza etérea, enfermiza y casi mortuoria y por lo tanto puede que algún día eterna. Sí, etérea y eterna, deben de ser la misma cosa, pues dios siempre esta donde menos se le espera, de lo contrario, ¡qué fácil sería verlo! Me refiero a la belleza de Isabel Adjani, ejemplo absoluto de todo eso que se define como gótico, que para mi no es más que lo que ha de ser un lamento en forma de canto y de elegía que rompe con su rostro otoñal las fronteras de las leyes y las costumbres que tuvieron que implantar los humanos para no matarse entre ellos; entonces pues, ¿quién es el monstruo?

No puedo dejar pasar, antes de las reflexiones finales, la excelente utilización de la música clásica, no solo la de Wagner, y la, a veces bucólica, a veces tétrica, banda sonora del grupo Popol Vuh.

Comentar también que Kinski, en su papel más extremo, es cuando resulta más comedido y glorioso, puede que porque ya no tenía la necesidad de expresarse como una horrible bestia, todos vimos en su día que lo era. Reseñable también la histriónica actuación de Roland Topor, un tipo bastante zumbado que fue también escritor y autor teatral. Es posible que la actuación de Bruno Ganz no sea para el gran recuerdo, pero hasta cierto punto es comprensible ya que el monstruo y su amada son capaces de eclipsar a cualquier, utilizan las luces y las sombras a su antojo. Son los hermanos de la oscuridad y los hijos de la noche.

Al final el sátiro es vencido por la belleza, la belleza salva al mundo aunque eso signifique abandonarlo también. El gran beneficiado es ese hombre gris del burgo, el que aspira a una mujer en su hogar, a un trabajo remunerado y a unas calles limpias donde las personas se saluden cívicamente. Es esta también otra forma de condena, la de la monotonía, la del progreso con tenedor de plata, la del sexo con amor en las sábanas limpias.

Es de obligado cumplimiento visionarla de madrugada, yo lo llamo nictofilia. Es cuando veo al vampiro en su castillo cuando recuerdo esas noticias que avisan de las posibilidades de la inmortalidad, de vivir doscientos años. Sí, una vez más, es el trastorno y no la cordura lo que llamamos progreso. El conde está condenado a vagar por su castillo de pasillos fríos y camas solitarias. No puede morir y por lo tanto no puede vivir. ¿Acaso no sería nuestra inmortal vida una condena similar? Si viviéramos para siempre nada de lo que hiciéramos tendría un verdadero valor, el bien y el mal se relativizarían, pero, como ya suele ser habitual, para justificar nuestros más abyectos crímenes; no existiría el amor, cada beso sería una farsa y cada abrazo una trampa. Todo el mundo podría llegar a ser cualquier cosa, y nada tendría el nombre de auténtico, el mundo sería el castillo y sus habitantes las criaturas de la noche más profunda; e incluso, si finalmente pudiéramos vencer a la muerte y al dolor, nos acabaría venciendo el aburrimiento, temible tortura, causa de las mayores sandeces y de las más hondas depresiones. El mundo sería una jaula de seres inmortales, ¿acaso esos que heredarán nuestros nombres no tienen derecho a existir como lo tuvimos nosotros?

Dios nos libre de semejante destino, ya sea con la nada o con cualquier otra cosa.

Como digo, el burgués escapa; se ha dado cuenta de cuales son sus impulsos, de que no estamos hechos ni para ser fieles, ni puros, porque son nuestras hormonas y abismos los que guían nuestras vidas, la mayoría no lo aceptan y se disfrazan con vestidos tejidos de morales y religiones; no es desde luego un final edificante que con gran acierto Herzog cambia, no teniendo nada que ver con la novela de Stroker ni con la película de Murnau. Y es el buen ciudadano enamorado el que acaba expandiendo el virus de la muerte, que no es otro que el de la realidad. El cazador acaba siendo cazado, pero también ocurre que el perseguido se convierte con suma facilidad en perseguidor, mirad la historia. Gran psicólogo este Herzog.

¿Debemos entregarnos a ese lado oscuro? No, hay en la idea casi trágica de amor y empatía por el prójimo un algo que puede que si no salve, al menos mantenga a la humanidad. ¿Debemos de olvidarlo, entonces? Menos aún, tenerlo presente, combatirlo, hablar con él como se habla a veces con el extraño pero también como se hace con el amigo, ¿y a dónde nos llevará a eso? Pues supongo que a la duda. ¿Ausencia de qué?, decía al principio. Puede que de la duda. La duda es mejor que la inmortalidad y que mil años de vida. Es lo que nos hace verdaderamente humanos, reconoce en nosotros al discípulo sediento de la sangre, y le da esa mano para que le acompañe en las noches que están por venir, hace de cada momento una expresión de la afirmación de la propia vida, nos libra del fanatismo, de las dictaduras de las ideas, de las mentiras de la sociedad, de las consecuencias del amor y de las derrotas venideras. Si dudamos nunca desearemos verdaderamente y las puertas de los castillos de tinieblas nunca prevalecerán sobre nosotros. Ojalá lo hubiera sabido el vampiro, ¡cuántas vidas, entre ellas las suyas, se hubieran salvado! Quién duda vive para siempre porque participa de un misterio cósmico y ontológico que permanecerá incluso cuando ya no exista el hombre.

Y de todo esto me doy cuenta, como es habitual, no a través de los filósofos, sino del arte; de la imagen y la palabra, pues como dijo un poeta: “¿Dudar? Quien duda existe. Solo morir es ciencia”.

Consigue libros de Daniel Navarro Torrecilla haciendo clic aquí.

X
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Aquí puedes consultar nuestra:

Política de Privacidad.

Aviso Legal.

Política de Cookies.