“Cupiditas”: deseo vehemente, apetito, ansia, pasión.
“ El que se casa por amores tendrá muchos dolores “.
Proverbio español.
A mediados del Siglo II D.C. un grupo de hombres, hubo también mujeres, abandonaron su vida de urbanitas en las ciudades del entonces vigente Imperio Romano, para dirigirse a las zonas desérticas de Siria y Egipto. Allí llevaron una vida ascética de oración y soledad. Son conocidos como eremitas o anacoretas, y de manera más académica como “ Padres del Desierto “. Según la tradición, Pablo de Tebas fue el primero, y el más conocido e importante San Antonio Abad. ¿Pero qué tiene que ver esto con el amor y San Valentín, cuyo día se celebra hoy?
Fue ya en esa época donde el Cristianismo, religión minoritaria y asociada con chusma, comenzaba a tener pujanza en el Imperio. Las razones por las que el Cristianismo, en principio religión de esclavos y plebeyos, se acabó imponiendo al paganismo, son tan variadas como interesantes, pero unA de ellas es que la Iglesia supo suplantar festividades y deidades paganas a través del culto a los santos, haciendo que la religión fuera más accesible a los nuevos adeptos y que los cultos paganos acabaran siendo sustituidos y olvidados – con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho -. Al parecer el 14 de febrero se celebraban unas fiestas llamadas “ Lupercales “ que la Iglesia prohibió por inmorales. Esto convierte al Cristianismo en una religión politeísta más cercana al Hinduismo que al Judaísmo, pero ese es otro tema. Así pues, San Valentín es una cristianización del Eros griego y del Cupido romano, hijo de Venus y de Marte, infante travieso que con ojos cerrados lacera los corazones henchidos de amor de los mortales gracias a sus flechas. La teoría más aceptada de por qué San Valentín es el patrón de los enamorados es que, al parecer, fue un médico convertido en sacerdote que casaba legionarios romanos, algo prohibido en la época, por lo que acabó siendo martirizado. Fue posiblemente un personaje real y su representación se asemeja a la de un religioso y dista mucho del ser mitológico. Pero precisamente, esta disparidad de aspectos hace buena la teoría, y es muestra de cómo aún hoy en día, la Iglesia, ante la imposibilidad de borrar el legado cultural del pasado, lo absorbe, siendo hoy completamente normal que hablemos de la festividad del santo cristiano y que a la par asociemos esta con la imagen de Cupido.
Son muchos los que han avisado del carácter irracional, más propio de la locura que de la razón, del amor; generalmente dramaturgos y literarios, a veces filósofos, pero menos. Toda obra que se precie tiene al amor como protagonista y si este no aparece nos da la sensación de que algo nos falta. Es el amor el motor principal de las grandes tragedias y de las majestuosas óperas. Podemos pensar que es en el amor donde los grandes consuelos y esperanzas de la vida se depositan y esto puede ser cierto en ocasiones, pero es también esa fuerza instintiva, dotada de impulsividad y pocas veces de análisis y reflexión, la culpable de los más abyectos crímenes y de las más tremebundas felonías. ¿ Es pues este un artículo contra el amor, precisamente en el día de hoy?
Lo que nos llama la atención de los anacoretas, no es tanto el hecho de que estén en mitad de la nada, su vida de ausencias y carencias o sus autoimposiciones en forma de pequeños pero continuos martirios y oraciones, sino el hecho de que rechazan el contacto carnal y abrazan la soledad, como si tuvieran un escudo contra esas flechas lanzadas por el caprichoso dios. En el caso de los Padres del Desierto, esta elección no tenía que ver con doctrinas eclesiales ni con dogmas, de hecho la Iglesia no existía como la entendemos ahora, y aún tendría que pasar un tiempo y varios concilios, para que la doctrina se unificara; no fue hasta ya entrada la Edad Media, creo recordar, cuando se instituyó el celibato de manera oficial, y parece que no tanto por cuestiones teológicas sino mundanas, ya que si los miembros del clero podían tener hijos, estos podrían reclamarles las propiedades de sus padres a la Iglesia, lo cual haría que se armara la de Cristo es rey, nunca mejor dicho. Es este tema arduo y de muchos datos, del que no soy experto, pero en general, creo que se puede resumir en que desde su comienzo, la Iglesia ha alternado el hecho de que, al romanizarse, adquirió el poder civil y administrativo, haciendo que los sacerdotes y en especial los obispos tuvieran gran poder y no viendo como un tema central el de la castidad, estando muchos casados, y por otro lado el de tener el deber de seguir la figura de Jesús, papel que se atribuyeron, más que ningunos otros, los monjes, cuyos precursores son los Padres del Desierto, siendo la imitación de la vida de Cristo, que en el Evangelio se presenta como pobre casto y obediente, prioridad ante los asuntos mundanos del poder civil. Al final la idea de la castidad se fue imponiendo y puede que, una vez más, se utilizara el espíritu para llenar los bolsillos. Por ello veo en los Padres un tipo de personas muy interesantes, no ya desde el plano teológico o filosófico e incluso psicológico, sino porque su conducta, ya pueda ser más o menos acertada, parte desde la libertad. Se dieron cuenta de que todo amor mundano es una cadena que nos ata al mundo y a la persona, y no fueron originales: Buda, al ser conocedor del nacimiento de su hijo, exclamó en su lengua que le había nacido un demonio y marchó al desierto con la sola intención de mortificarse para llegar a la iluminación.
Que el proverbio español sea una realidad es algo que puede convertirnos a nosotros, la mayoría, en locos y maniáticos y en cambio a esos que renuncian al mundo en los únicos cuerdos de este mar de lágrimas. No voy a hablar de esos crímenes antes mentados, de cómo incluso hombres inteligentes y llenos de cualidades estimables arruinan su vida por ese sentimiento, cuando es obvio a ojos de cualquier otro, que ese objeto de deseo es la causa de su desdicha. Por ello no es excepcional que un hombre brillante se enamore de una arpía, o que una mujer maltratada y engañada siga amando y perdonando a su marido con la misma periodicidad con la que Sísifo cargaba con su piedra. No hablaré de ello ya que las obras de la literatura están llenas de ellas, como he comentado anteriormente, y porque solo hace falta hojear los periódicos o salir a la calle para ver esta realidad irrefutable; no en vano, por ello Cupido es un niño caprichoso de ojos vendados, y sí, es hijo de Venus, pero también de Marte, dios de la guerra. Su figura muestra que ya los hombres de esa época se dieron cuenta de que el amor es caprichoso, irracional, que está asociado las más de las veces a la fuerza y a la violencia, pese a que esta sea disimulada. La imagen a veces cómica, pero no por ello desdeñable, de una mujer caprichosa a la que su marido ha de colmar de dádivas y halagos, es más valiosa que muchos libros de psicología o filosofía. De hecho, Cupido proviene de una palabra latina que se puede traducir como apetito, ansia, anhelo… es decir, aquello que nunca se controla a la par que nunca cesa.
No solo los religiosos se dan cuenta de que si son esclavos de esta temible realidad se verán anclados a su humanidad, que no es otra cosa que animalidad, recordemos que ya los Romanos impedían casarse a sus soldados por las cargas materiales y emocionales que ello conllevaba, y que han sido también científicos, artistas o pensadores, los que han optado por la soledad como una manera de poder llevar a cabo sus metas; conocida es la imagen del científico despistado que vive abstraído de la realidad y al que las necesidades mundanas no le son afectas; son muchos los artistas que han pasado épocas encerrados en sus casas, heridos sí, pero no por Cupido, sino por en este caso las Musas, hijas de Zeus y de Mnemósine, personificación de la memoria, y pese a esto último, llegándose a olvidar hasta de comer, menos aún de juntarse con otra persona para realizar la cópula, pues aunque sea poco edificante aceptarlo, el amor no es más que una idealización del instinto sexual, una forma de legalizar la prostitución, en la que cada miembro de la pareja ofrece su cuerpo y a la vez cobra. Por ello, paradójicamente, los matrimonios concertados en mayor o menor medida, terminan muchas veces por funcionar mucho mejor que los que se suponen que son por amor, porque en los primeros, los interesados ya conocen de antemano la mayor parte del contrato, pero en los segundos, la falsa creencia del amor verdadero convierte las expectativas en un tremendo hervidero de futuras decepciones y polémicas; no voy a hablar de ellos, sino de esos matrimonios moderadamente felices que, transcurrido el tiempo, confiesan a algún oyente avezado que la pasión ha sido sustituida por el cariño y la alegría por la monotonía; peor son esos matrimonios que continuamente hablan de las gracias de su compañero, o que se les ve siempre juntos, haciendo que cada uno se anule al otro y creando una dependencia emocional más cercana a la insania que a lo poético. Justamente es en la poesía donde el amor se muestra más victorioso e ideal, pero es así porque nada hay más alejado de la realidad que la poesía. Nos emocionamos al leer las sagradas letras en el negro sobre blanco porque inconscientemente aprehendemos esas ideas como algo que si existe debe de estar muy lejos, algo que no puede ser experimentado en este espacio y en este tiempo, haciendo que esa experiencia se asemeje paradójicamente al del asceta religioso, que siente lo mismo al buscar a Dios. Que se utilice la misma palabra para definir la relación entre dos seres carnales y la de un ser que busca a una entidad espiritual no es una comparación tan descabellada, pues en ambos el amante es balsa que navega por mares tormentosos que no puede controlar. El propio arte y el genio del artista han expresado la esencia del amor en San Sebastián, bello joven que es abatido por las flechas, no en este caso lanzadas por Cupido sino por sus ejecutores, o sí, ¿ quién sabe ?
Siempre me ha llamado la atención que cuando he escuchado a religiosos, hombres y mujeres, que llevan vida de clausura, ante la pregunta de qué voto les ha costado más llevar, no responden, como es de esperar, el de castidad, sino el de obediencia. Puede que en una sociedad hiperconsumista como la nuestra, que necesita que sus miembros vivan juntos y estén rodeados de necesidades, la idea de que alguien pase su vida solo sin necesidad de tener relaciones amorosas se nos haga extraña, sospechosa, incluso que muchos la tachen como antivital, pero para mí es una muestra de que la verdadera diversidad existe, y que como le dijo Jesús al diablo al ser tentado en el desierto, y como recuerdo que una vez le escuché a un exiliado cubano cuando le dijeron que al menos en Cuba se podía comer todos los días pese a ser una dictadura: “ No solo de pan vive el hombre”.
En todo caso no es este un alegato contra el amor ni un panfleto a favor de la vida solitaria. Cada ser humano es esclavo de las pasiones y cada uno lo gestiona como puede. Por ello me despido con una frase de alguien que al parecer conoció los dos amores, el mundano y el divino; mi amado San Agustín:
“ La única medida para el amor es amar sin medida “.
