“ Así la vida es dada como un regalo, que cualquiera declinaría amablemente si tuviese la ocasión de examinarla de antemano ”.
Arthur Schopenhauer.
“Exil” es una película kosovar del año 2020, si bien hay que hacer ciertos matices a esta apreciación, pues está rodada en Alemania, en lengua alemana, y todos sus actores son de esta nacionalidad. Está dirigida por el director kosovar, ¡sí, lo han adivinado!, afincado en Alemania desde hace años, y protagonizada por el actor de ascendencia croata Misel Maticevic y la actriz Sandra Huller.
Lo primero que me ha llamado la atención de esta película es la poca información que he encontrado de la misma. Esta situación me ha recordado a esos colores verdosos y amarillentos del film y que nos remiten a un algo otoñal, cercano a la destrucción, al moho, a las sobras de las comidas, a los mocos que se pegan en el pañuelo antes de tirarse a la basura. Me ha recordado a esos pasillos laberínticos por donde transcurre el protagonista, donde unas puertas se cierran y otras se abren, en la que en algunas el paso está vetado, y en otras tenemos a una persona que nos limpia la mesa, ¿quién decide todo esto?, puede que lo más inquietante sea que nadie, que la estructura de vacío y tensión psíquica perpetua se sustenta con cada uno de nosotros.
¿De qué va la película?, al contrario que en otros artículos voy a hablar del argumento, ya que en el caso de esta película, es poco importante saber qué ocurre, si bien obviaré ciertos giros de guion que creo que sí que pueden llegar a sorprender.
Xhafer es un hombre de mediana edad que vive en Alemania. Es originario de Kosovo. En principio su vida es más que buena; trabaja en una empresa farmacéutica importante por lo que se puede vislumbrar que tiene un buen sueldo; su casa en un barrio residencial, sus dos vehículos, uno de ellos de la marca “Audi “, reafirman esta idea. Además acaba de ser padre, habiendo tenido anteriormente dos hijas con su esposa, una mujer alemana atractiva que cuida a su prole a la par que prepara una tesis doctoral. A priori, podemos afirmar que la vida le sonríe, más si pensamos que si esta se diera en su país de origen, las cosas, cuanto menos, serían diferentes. Un día, al volver del trabajo, se encuentra que alguien ha dejado colgado un ratón muerto en la puerta de su casa. Desde entonces comienza a barruntar que ello se debe a que es inmigrante, lo que hará que vea por todas partes ataques y discriminaciones en su trabajo, especialmente de un compañero que demuestra tenerle animadversión. Al mismo tiempo, esta situación afectará a la relación con su esposa, quedando de manifiesto que su vida no era tan idílica como se pudiera pensar de antemano.
Celebré que esta no fuera una película maniquea, en la que los europeos son esclavistas decimonónicos y los inmigrantes seres de luz. Vaya por delante que es reprobable lo que le hacen al pobre Xhafer, con el ratón y luego con el carro del niño, pero creo que esto es una muestra de aquello a lo que está tendiendo la sociedad; el hacer de la anécdota la generalidad, y por otra parte, encubrir o silenciar lo que es diario. Así, por ejemplo, desde hace un tiempo, existe la figura del delito de odio, al que la gente recurre para pedir justicia, generalmente muy relacionado con las minorías raciales o sexuales. Creo que la generalización del delito de odio es muy peligrosa por dos motivos. El primero, porque recupera la figura del delator y da al gobierno un poder omnimodo para poder juzgar a alguien por el hecho de no pensar como ellos. En segundo lugar, porque generaliza las acciones y engloba las conductas, lo que hace que las penas puedan acabar siendo muy similares, lo que crea inseguridad jurídica. Es necesario diferenciar una agravante, como la de realizar el delito por motivos racistas, o realizar propiamente una acción que vaya encaminada a que se dirija violencia contra un colectivo por el mero hecho de pertenecer a él, cosa con la que sí que puedo estar de acuerdo. ¿Llegaremos al día en que un comentario de índole sexual ( y muy probablemente de muy mal gusto ) o un insulto se conviertan en agresiones sexuales o delitos de odio?, juzguen ustedes. Por eso me ha gustado ese relativismo de la película, y es que Xhafer no es uno de esos tipos por los que podamos sentir empatía. Parece que sus problemas tienen más su origen en un cierto complejo y falta de autoestima que en las acciones de su prójimo. Puede que por ello engañe a su mujer, excepcional plano de la cópula donde se obvian los rostros, forma de mostrar la impersonalidad del acto sexual que se da en nuestras sociedades, y sin embargo le turba que su mujer también le pueda ser infiel. Confunde racismo con competitividad en una sociedad en la que, se confunde a la vez, el Estado de Bienestar con pasar horas en el trabajo para luego disponer de un dinero con el que adquirir un estatus, tener hijos, coches, viajar en verano… y la pregunta no es si todo esto compensa, y que claro que es mejor que morirte de hambre en Etiopía, la pregunta es, si nos preguntaran cuántas veces hemos sido verdaderamente felices en nuestras vidas, la respuesta sería…
No pretendo hacer una oda a la vagancia y que el Estado nos dé una paga, solo digo que en las sociedades posmodernas actuales la necesidad de tener de forma continua un adversario esconde la terrible certeza de que nosotros somos nuestros peor enemigo y por ello estamos dispuestos siempre a buscar ese chivo expiatorio. Son las propias frivolidades de la existencia emitidas en los medios de comunicación o la multiplicación de estímulos y necesidades lo que hace que la gente esté dispuesta a auto explotarse a cambio de dinero, o a abrazar cualquier tipo de ideología si esta le va a facilitar sacar algún rédito.
Xhafer se molesta porque le preguntan si come cerdo, en referencia a si es musulmán, cuando el no hacerlo se podría interpretar como racista. Se molesta porque la gente confunde Kosovo con Croacia, algo hasta cierto punto entendible, o se molesta cuando la gente le aplaude por ser ese ejemplo de que en la empresa todo el mundo aporta su grano de arena, incluidos los extranjeros; y sí, es cierto, tiene motivos para quejarse, como muchos inmigrantes y como muchos europeos, mas al final se demuestra que la animadversión no está tanto relacionada por su origen étnico si no por temas laborales. Es como cuando discutes con alguien por un tema en concreto y le acabas llamando gordo, maricón, negro o español de mierda; no está bien, pero no es la única causa de la situación. Vivimos en una sociedad cada vez más compleja, burocrática, legalista, sobre informada, y sin embargo olvidamos que las cosas, ya sea la delincuencia, la violencia, las relaciones laborales o humanas, son multicausales, y no lo podemos resumir todo en: nacional, inmigrante, izquierda, derecha, bueno o malo, racismo, homofobia…
La película tiene una atmósfera insana que me ha recordado al cine de Michael Haneke o al de Lee-Sang-Woo. Y lo más inquietante es que no cuenta nada fuera de lo normal. Todos nos podemos ver reflejados en ella. El trabajador, el marido, el jefe, el subordinado…percibimos una realidad que por algún motivo nos es conocida, como ese rostro que en ocasiones se cruza ante nuestra mirada en la calle, y nos preguntamos, ¿quién será?, ¿por qué no lo recuerdo?, ¿es por algo bueno o por algo malo? Cada uno tiene su respuesta. Al final el temor al ratón es para no admitir que no nos diferenciamos en demasía de ellos. Andamos por esos pasillos que llevan a puertas que se abren o se cierran cuando otros quieren. Nuestras alegrías y motivaciones dependen las más de las veces de las decisiones de los otros, tanto en el amor como en el trabajo, incluso la salud. Nos aferramos a ideologías que en principio son buenas, ¿conocen alguna que en su día se presentara ante los ojos de los otros como mala? Siendo al poco tiempo usadas por sus adeptos no por lo que son sino por lo que conviene, además es improbable que cambien verdaderamente las cosas, y lejos de prometer la diversidad, fomentan el pensamiento único. Nos aferramos a series, deportes y concursos zafios e infantiles para no tener que hacer ese peligroso ejercicio, el del pensamiento crítico que nos podrá llevar a la conclusión de que muchas son contradictorias y fanáticas, y que en absoluto son necesarias para realizar ese valiente ejercicio, el de la introspección, en el que nos preguntaríamos, ¿qué somos?, ¿qué hacemos?, ¿qué puedo esperar?; intentamos compensar esta temible realidad con momentos de placer y vacuidad, ya sea en la barra del bar, fornicando entre las sombras con desconocidos, o pidiendo un ascenso tras años de horas extras. A veces siento que aunque ni siquiera tengamos constancia de tales cosas, envidiamos a los que se recluyeron en los muros para escapar del ya no mundanal, sino infernal ruido, el ruido de la vida diaria y moderna ( posmoderna ).
Al final Xhafer sigue con su vida haciendo lo que odia, al menos lo que nunca haría de buen gusto, como ir al cumpleaños de su suegra a la que le gustaría que su hija se hubiera casado con un alemán de toda la vida. Y puede que ese sea problema de la vida, como esta en su inteligencia nos va dando limosnas, pero no para salvarnos de nuestro tormento, sino para hacer que de manera sigilosa y segura, nuestra condena se vaya alargando hasta que otro ocupe nuestro lugar.
