“ No hay nada repartido de modo más equitativo en el mundo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente “.
René Descartes.
Pese a mis continuos esfuerzos por mantenerme alejado de la actualidad, un impulso me impele a consultar, al menos de forma sucinta y breve, lo que ocurre en el Mundo, en mi país, en todo ese conglomerado de hechos, ideas, y las más de las veces, de maquinaciones que llamamos vida. Resuenan entonces frases rimbombantes, como que para vivir en absoluta soledad hay que ser animal, dios, o ambas cosas a la vez, es decir, filósofo. Finalmente la pantalla táctil se acciona; casos de corrupción, cupos, tasas, y liberaciones del peor tipo de criminal que asola la Tierra, aquel que mata por sus ideas, pasan ante mis ojos y son aprehendidos por mi razón. Es en ese mar de la actualidad, que también acaba siendo de la putrefacción intelectual, en el sentido del alma, donde encuentro a un viejo conocido, el director húngaro Bela Tarr, del que ya hablé en otro artículo. Esgrime el peculiar y respetado cineasta una de esas frases lapidarias a las que los pesimistas suelen recurrir para remarcar la futilidad y absurdo de la existencia; dice algo así como: “ el Hombre es un animal terrible, y nada se puede hacer “.
Suele ser esta clásica comparación, la del Ser Humano con la bestia; los pobres lobos suelen ser elegidos como parte del símil ya famoso y popular: “ Homo Homini lupus est “, la que se utiliza de manera recurrente para comprender las fechorías de las que somos capaces de perpetrar los seres dotados de razón en esa, también ya conocida, guerra de todos contra todos.
En la película “ Quills “ ( 2000. Philip Kaufman ), el pérfido Marqués de Sade, que se encuentra recluido en un manicomio, se intenta aprovechar de la candidez del abate encargado de la dirección del centro; religioso que parece creer en los valores cristianos de la redención y la caridad. Resulta que al hombre al que debemos el concepto de “ sadismo “ y por ende de “ sádico “ en el lenguaje actual, se le conceden ciertos privilegios, supongo que hasta en los manicomios hay clases, aparte del más importante, el de poder escribir, también puede beber vino. Sade intenta convencer al abate de que acaba de recibir un vino excelente, de la famosa región de Burdeos, invitando a una copa al director, pero este se percata de que se trata de un vino de la bodega del manicomio, ya que al parecer en los manicomios de esa época debía de haberlas, a lo mejor el vino no era privilegio y se lo daban a los locos a modo de medicamento para que estuvieran distraídos; lo desconozco. El Marqués parece haber sido descubierto en su afán de burla, pero una vez más, gracias a su malvado ingenio, logra salir airoso.
-Si hubiese dicho que era la sangre de Cristo te lo hubieras creído.
Si bien nuestra condición animal resulta cada día menos discutible, son muchos los que han llegado a la conclusión de que no son nuestros instintos, sino la razón, la que nos aboca a cometer los peores crímenes y los más grandes oprobios. Es una entronización de la razón desde tiempos platónicos, al menos en clave occidental o como gusten llamar, la que nos ha hecho tener una perspectiva concreta; la razón es el bien, la luz; los catetos viven en la caverna, las tinieblas son el problema. Es la razón la que daba prestigio a la Iglesia con sus misas en latín y el sacerdote de espaldas al vulgo. La razón ha sido enaltecida y venerada por doctos filósofos, incluso aquellos que se refugian en la sensación y la experiencia, no pueden rechazar del todo que existen ideas, razonamientos, asociaciones… La razón fue deificada en el Siglo de las Luces, considerada como un valor innegociable, asociada al orden y al progreso; ¡qué bien nos sentimos cuando nos dan la razón! Pero ya los escépticos nos avisaron, allá por los tiempos de Grecia, que depositar nuestras esperanzas en la razón puede ser problemático; ilustres mentes pensantes de la Escolástica tardía como Guillermo de Ockham dieron preponderancia a la Voluntad frente a la Razón. Cito a dos autores más actuales, siendo el primero nuestro querido Don Miguel de Unamuno, que consideró a Razón enemiga de la vida, y a un segundo autor, a día de hoy poco conocido, al menos en el contexto de la lengua española, me refiero a Peter Wessel Zapffe, para el que la evolución del Hombre, cuyo máximo exponente es la Razón, lejos de ser un logro evolutivo, ha sido el error primigenio, pues esta evolución le impide no solo vivir en armonía con la Naturaleza, sino caer en el torbellino destructivo de pasiones, dramas y tristezas que llamamos civilización; no tuvo hijos por voluntad propia, y vivió gran parte de su vida en un entorno aislado, junto a su mujer, en su Noruega natal.
Vaya por delante que no es este un elogio de la ignorancia, pero el caso del abate es más habitual de lo que pudiéramos pensar, pues si bien podemos llegar a tener conocimiento de muchos temas y darnos cuenta como él de engaños y falsedades, un abate de esa época era sin duda gente instruida; por otra parte lo estamos también a aceptar conceptos que requieren de mucha reflexión y que son cuanto menos difíciles de defender, como en el caso del cura, el misterio de la transubstanciación, algo que aceptan gentes sin instrucción, pero también teólogos con muchos libros estudiados a sus espaldas y gente creyente que tienen preparación y formación en determinados campos. Y si la idea de que en el sacramento de la eucaristía el vino y el pan se transforman en la sangre y la carne de Cristo, nos remite casi a la fantasía, en la sociedad actual se repiten razonamientos que siguen patrones y procesos similares. Es gente del Gobierno Español la que alega conceptos como “ Derechos Humanos “ para justificar privilegios y recorte de penas a terroristas. La “ Igualdad”, la “ Libertad “, el Nacionalismo, la “ Democracia “ sustituyen los misterios de otras épocas, y sucede así lo mismo que en otros tiempos, en los que la voluntad de Dios terminó por ser la de la Iglesia, y en la actualidad los derechos de este o del otro acaban siendo los que le convienen a la clase política; y no duden, como ya ha pasado tantas otras veces, que si hace falta decir lo contrario, lo dirán; mas no nos centremos solo en los gobernantes, si miramos a los criminales, vemos que cuanto más gravosas son sus acciones más justificaciones se encuentran. La religión, la lucha contra la pobreza, contra el Fascismo, contra el Comunismo, el extranjero, el burgués, el infiel… son los argumentos que hay detrás de cada bomba en la calle, detrás de cada tiro en la sien; y si podemos aceptar que incluso los autores materiales son psicópatas, algo que en todo caso se puede dar pero no es una generalidad, o que disfrutan haciendo el mal por el mal, es el apoyo que encuentran en ese vulgo que parece seguir sin entender la liturgia, como ocurría en el Medievo, el que los hace verdaderamente temibles, ya que detrás de todo ello hay ideólogos, pensadores, obras literarias, tratados y ensayos. La idea de que los malos lo son por ignorancia nos parece ya sonrojante. Tras todo genocidio, limpieza étnica, terrores callejeros, expolios, secuestros, torturas, violaciones y asesinatos, existe la creencia de que se actúa correctamente; vemos la paja en el ojo ajeno, y no comprendemos que es nuestra razón la que nos hace actuar igual, solo cambia el grado de exteriorización, que suele depender más de las circunstancias que de aquello que anida en nuestros corazones. A pesar de que el propio Sade, entre otros, nos advirtió que es un error ver a la Naturaleza como una madre bondadosa, ni de lejos sus a veces difíciles de comprender acciones, como el terremoto, la sequía o los colmillos clavándose en la carne indefensa, se pueden asemejar al grado de depravación y violencia al que los humanos hemos llegado en nuestro devenir. No nos basta con sobrevivir, queremos ver al otro sufrir, no nos basta con tener lo suficiente, sino que anhelamos tener más que otro, no nos basta la Justicia, es necesaria la venganza. La Naturaleza puede ser a veces poco o nada edificante, pero en ella hay un orden que hace que los animales sepan aquello que han de hacer, y cuando sus necesidades son cubiertas y se encuentran liberados del peligro, las garras quedan ancladas a la tierra, pero el hombre, con sus reflexiones y disquisiciones convierte un mundo que ya es difícil de entender en el infierno que idearon los poetas, y la verdadera munición de las guerras son las ideas, algunas tan descabelladas como la creencia de que el vino se convierta en sangre, perdónenme los creyentes, y perdónenme todos los enamorados de la razón. Vuelvo a repetir que no hago un llamamiento al abandono del estudio, de la duda, y de esa gran pasión que es el misterio, que precisamente la Razón intenta castrar.
Sería conveniente tener todo esto presente en el futuro, y si bien no tenemos valor para recurrir a ese aislamiento que supone la coronación exultante de todo filósofo que se precie, como en su tiempo hizo Zapffe, algo quizás ya imposible en este mundo de la Era de la Información, tampoco deberíamos darle demasiada importancia al hecho de que no nos den la razón.
