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ELOGIO DE LAS MANOS

“Cuando una mano divina cubra con nube gris el mundo nuevo”.

Vicente Aleixandre.

Para Aitana.

Tengo manos de mujer, no me refiero solo al tamaño, considero que las tengo bien cuidadas, incluso delicadas. Es habitual que en una cita las compare con las de la fémina con la que tengo la suerte de compartir tiempo y espacio. Suelen reproducir la mirada de la bruja y el científico, que a veces es la misma, cuando comprueban que las tienen de un tamaño similar a las mías.

En principio, por mi altura, no soy especialmente alto pero tampoco especialmente bajo, o por mi corpulencia, esta exteriorización de la carga genética que me ha tocado no debiera de ser así. Como tengo algo de bruja y espero que mucho de mujer, observo mi entorno como lo hacían ellas, también como lo hacía el hombre primitivo. Me doy cuenta de que gente más baja que yo las tiene más grandes y que hay mujeres que tienen unas manazas muy a tener en cuenta Las manos han hecho posible la evolución. Fue en esos tiempos del hombre primitivo, en los que se vigilaba el fuego y se secuestraba a la hembra del prójimo para copular con ella, donde el Ser Humano comenzó a tener pericia y poder no solo fabricar algo, sino tener la capacidad de transmitir ese conocimiento. Creo que por ello en las manos reside algo de divino, de sagrado, que dignifica a las personas. Puede que sea el trabajo manual el culmen de la evolución y no los viajes a la Luna y el internet de pornografía con más de veinte cosas que acaban en “al”.

Han sido las manos lo que han hecho posible el empoderamiento de la mujer, y no esos constructos raros que suenan a filósofo escolástico medieval del que nadie se acuerda. Con las manos las mujeres han conseguido estudiar y trabajar y por lo tanto ser independientes de ese varón desaliñado que prefiere la cerveza y el fútbol a estar con su señora. En el sexo, no son los atributos típicamente femeninos los que consiguen el dominio del varón, son sus manos las que ordenan, mandan y reducen la virilidad del varón a anécdota, ese varón presuntuoso que se cree cazador y que suele ser cazado. La masturbación por parte de la hembra al macho puede ser el ejemplo más claro de esto, pero en general se puede hacer el mismo razonamiento con cualquier actividad sexual. Todo esto me lo han contado, como podéis imaginar. El caso es que lo veo bien, me parece una justa venganza por esos tiempos de las guerras por el fuego que nunca se podía apagar, en la que los machos arrastraban a las mujeres a la cueva y las ponían mirando a Cuenca, pese a que Cuenca aún no existía.

Pese a todo me llevo bien con mis manos, y eso que me juegan malas pasadas. Dicen que el tamaño del pene guarda relación con el de las manos. La verdad es que pese a mi tendencia a la observación lo desconozco, ya que mi relación con los penes es cordial, pero en todo caso limitada y poco habitual, hablo de los otros penes, no del mío. Entiendo que algunas mujeres quieran unas medidas llamativas y están en su derecho, pero yo como buen aikidoka le doy más importancia a la técnica que al músculo. Por otra parte, toda carencia es una oportunidad para el estímulo y la mejora: agudiza el ingenio, hace que las personas se adapten como se adaptaron esos ancestros del arrastrar por los pelos con la porra en la mano; todo ello, no para ser feliz, búsqueda ahora de moda, equiparable a comprarte un pantalón o unas bragas, sino para sobrevivir, que ya es bastante, cuando no lo es todo.

Como digo, mi relación con mis manos blancas y aterciopeladas no es mala. Se equivocan cuando escribo de manera desenfadada como ahora; lo sé, no son las únicas culpables, pero no puedo sacarme del cuerpo el cerebro ni los nervios y echarles la culpa. A veces sueltan la pesa en el momento exacto en que esta está debajo del pie; cogen la cartera y la dejan en el lugar donde no vas a recordar haberla puesto, o permiten que se resbale entre sus dedos esa rebosante copa en el momento exacto en que se aproxima a los labios. Pero pese a todo esto y más, yo las quiero, ¿sabéis por qué? Porque para mí las manos son el reflejo de la piedad, de la empatía, las manos nos hacen divinos, dignos y a veces hasta humanos, demasiado humanos. Y por eso, cuando alguien te cuenta que le ha pasado algo malo, que está fastidiado, que tiene ganas de llorar o de irse al Tibet antes de que lo invadan los chinos, tú te quedas mirando, te equiparas a ese espectador triste que se pone en la última fila del cine pese a que no hay nadie, porque la película es vieja y ya la ha visto mucha gente, y como te sientes casi avergonzado, no quieres ponerte en la primera fila. ¿Qué tendrá esa película? Puede que lo mismo que esa persona que tienes a tu lado; así pues lo único que sabes, puedes y debes hacer es: ofrecerle tu mano, esa delicada mano silente que ideó el maestro de la poesía.

Sí, yo creo que son las manos las que han salvado el mundo, las que nos han salvado de ese horrible vendaval de polvos y pecados en los que tantos hermanos nuestros se están matando. Sin ellas estaríamos muertos, nos hubiésemos devorado con Los dientes y con el sílex , y el día que ya no las tengamos dejaremos de ser libres, humanos, irrepetibles y llenos de gracia, aunque sea de la que dura el tiempo justo para pasar el día.

Por eso, mientras que llega esa nube divina con funestas intenciones… intentad daros la mano.

Por cierto, con las manos también se pueden leer libros, como los míos. Yo, si gano algo de pasta, sí que me voy al Tibet, aunque estén los chinos.

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