“En Los Ángeles nadie te toca. Estamos siempre tras ese metal y cristal y añoramos tanto ese contacto que chocamos contra otros solo para poder sentir algo”.
“Crash” de David Cronenberg. 1996.
En la película “Crash” de David Cronenberg, sus protagonistas sienten una perturbadora excitación sexual relacionada con los accidentes de coche y todo lo que deriva de los mismos como pueden ser cicatrices, tornillos, placas, muletas… Es fácilmente detectable que los censores, ya sean progresistas o conservadores, prefiero este último término a el de religioso, ya que en ambas formas de censura operan procesos y patrones similares a los de la religión, son gente mediocre además de terriblemente aburrida, lo cual sin duda es menos perdonable aún; véase a los encargados ministeriales actuales así como a la circense o tibia oposición según mande las circunstancias.
Como es habitual la gentecilla que se dedica a opinar sobre lo que hacen los demás cuando ellos no han hecho nada en concreto, clasificó la película como pornográfica, obscena y sinónimos similares. Que hay gente que siempre hará de la crítica un negocio es obvio, pero en este caso es más reprobable, -¡vaya!, parezco uno de esos moralistas, ya que la película está basada en una novela de J.G. Ballard, controvertido escritor de mundos distópicos, si bien muchos relatados en épocas actuales similares a la suya y más o menos a la nuestra, lo que hace de su obra algo más inquietante que los mundos futuros de las distopías de Orwell y compañía.
Tras años y años de evolución del cerebro parece que este se ha convertido en un recipiente en el que almacenar toda la información que nos llega desde nuestras pantallas de siete, veintiuna o sesenta pulgadas, ciertamente es indiferente. Yo tomo esto como el triunfo de la tabula rasa de los empiristas, más allá de debates epistemológicos, la vida en sociedad no es más que una lucha por meter información en la mente de los futuros y no tan futuros votantes, ciudadanos libres y consumidores de lo que haya que consumir según las circunstancias o intereses. Solo esto explica que ministras que hablan a la gente como si su público promedio tuviera diez años de edad no solo dispongan de su cargo sino que tengan elevados índices de aceptabilidad, que es otra cursilada de los tiempos actuales para dar a entender que le cae bien a la gente.
Más allá de que la película en una época en la que se ofrece pornografía de violaciones grupales en el buscador de cualquier medio, sea en cuanto a su contenido explícito sexual casi anecdótica, si es cierto que tiene una lectura perturbadora que traspasa como el metal de la máquinas los cuerpos de los protagonistas buscadores de una paz tan improbable como deseada, es la paz que se anhela más allá del deseo y que las religiones equiparan a Dios, porque al buscarla es el mismo silencio existencial el que se suele recibir, ese silencio o la verborrea de los charlatanes que antes utilizaban el atril o el púlpito y ahora la red social. ¿Pero entonces si no va solo de follar?, ¿de qué diablos va la película? Antes unas intersecciones.
Sin duda Nick Land es uno de los filósofos más interesantes de las última décadas. Estando en una fase muy temprana del conocimiento de su filosofía por mis obligaciones académicas que posiblemente hagan que pueda tener un título colgado o enrollado en mi salón, pero que a la par hacen que me pierda muchas otras cosas. Su idea de recuperar lo afectivo y que este esté relacionado con una evolución poshumana me llamó mucho la atención. Sí, amigos, la película no es otra cosa que una reflexión sobre la evolución y la condición humana. Para justificar sus ideas Land, y en esto ya hay que darle valor, ataca a gigantes del pensamiento, es cierto que denostados desde hace ya tiempo por las corrientes posmodernas constructivistas pero que no dejan de tener gran prestigio; es el caso de Kant o de Hegel, para ello a su vez recurre a filósofos más literarios como Schopenhauer o Nietzsche así como a otros autores que me son desconocidos como Bataille.
Es habitual mostrarnos a la razón y al progreso como enemigos y esto se hace las más de las veces con formas y figuras que nos resultan inquietantes como el de un exterminador cibernético o en ocasiones con formas más abstractas similares a las de la deidad, como el computador que es capaz de generar otros mundos, similares al nuestro, que de hecho podrían ser el nuestro en cuestión. Pero rara vez, por poner el énfasis en lo que vendrá y no en lo que se sucede ahora, somos conscientes de los peligros que nos acechan al menos de manera inmediata. Precisamente nuestro cerebro evolucionó para hacer frente a esos peligros, que cierto es, en esa época podían ser fácilmente reconocibles y no por ello menos temibles, desde la bestia que se esconde entre las ramas hasta el clan enemigo. ¿Acaso no es obvio que el progreso actual está influyendo en la psique humana?, ¿que esa evolución hacia una nueva humanidad ya ha comenzado?, ¿y que lejos de convertirnos en seres casi inmortales dotados de las cualidades de los dioses olímpicos, por el contrario nos puede acabar convirtiendo en el prisionero de la alegoría de Platón?, pero, eso sí, en esta ocasión sin filósofo que les enseñe la verdad.
En la película la idea de la transmutación es clave, y si bien la mezcla entre la carne y el metal, entre lo orgánico y maquinal es palpable en otras obras de ficción, principalmente en el Cyberpunk, o en el anime japonés, la película de Cronenberg nos muestra esta fascinante, perturbadora, execrable pero a la par filosófica realidad. No se trata solo de una excitación sexual provocada por la posibilidad del accidente y sus consecuencias, es esta interpretación una nueva y habitual consecuencia que se da al confundir la causa con el efecto. Es el vacío existencial creado por las sociedades posmodernas con todas esas ideas diabólicas que lo resumen todo en constructos sociales y que hacen que en el fondo la nueva filosofía material y existencial no quede más que en un residuo pseudoidealista que nos retrotrae tanto a los filósofos atacados por Land como incluso en ocasiones a la religión monoteísta y segregadora. La imposibilidad de aplicar de manera real y continua el lenguaje inclusivo sin perder una gran cantidad de tiempo así como claridad en el discurso, o la cantidad de situaciones tanto cómicas como lamentables que se dan por la posibilidad de que baste la autopercepción en materia de sexo, digo sexo, porque el género lo tienen las palabras y no las personas, aunque ya nadie reflexione sobre esto, son muestras de como las nuevas pseudoreligiones unidas al progreso crea en los individuos un vacío existencial cuya única salida es la agresión, ya sea contra los demás o contra uno mismo. Precisamente me levanto leyendo sobre una nueva moda entre los jóvenes, la de cortarse la cara y subirlo a Instagram. No fue hace mucho cuando visioné una película francesa, creo recordar de 2001, “ En mi interior “ en la que una mujer siente fascinación por la autolesión, repito, 2001; es curioso que sea el tiempo y la vida en su sencillez la que nos dé las mejores lecciones y no las supuestas grandes experiencias. Es esta versión de las rebajas del superhombre nietzscheano la que vemos continuamente en la sociedad, todo el mundo necesita ser algo, es indiferente la bandera que abrace. Hay una línea muy delgada entre la aceptación del cuerpo y su destrucción y en ningún caso es sano uno de los dos extremos. La absurda idea de que la obesidad como tal es hermosa o no es un problema de salud y que termina con otra palabra acabada en fobia como es ya habitual, es otra muestra más de los dislates culturales que sirven de coartada para los dislates legislativos de la auténtica “manada” de nuestros tiempos, que no es otra que la clase política. Hay un hecho para finalizar tremendamente nihilista en relación al sexo actual, y no es el de la adicción a la pornografía, sino a que desde las instituciones se dé la idea de que es más sano mantener relaciones sexuales con una máquina que con una persona del sexo diferente al tuyo. Al final tenemos la versión cutre de Saturno que devora, en este caso a sus votantes.
Ya en obras como “ El Estudiante de Praga “ donde un doble maléfico inoportuna al protagonista, o la conocida obra de Stevenson sobre el doctor Jekyll, se nos avisa de la necesidad de la transformación hacia una nueva realidad ya sea esta ulterior o pasajera. Los protagonistas de la película transportados por vehículos que les hacen llegar puntuales a sus puestos de trabajo y rodeados de rascacielos que simbolizan el triunfo del progreso reciben a la vuelta a sus hogares las promesas de la monogamia y la vida marital que se refleja en el sexo feliz de los casados y en la nómina puntual en el banco; mas es fácil suponer que esto no basta porque a la par un mundo de posibilidades oscuras pero reales se cierne sobre cada ciudadano de la urbe, todo ello mientras que el tiempo pasa y las frustraciones se multiplican tanto como las necesidades. Por ello no basta con cambiar el siempre gris y frío tablero de la cotidianidad, hace falta una metamorfosis que vaya más allá del propio ser, una alienación total y excelsa que me convierta en un ente nuevo y predispuesto a alcanzar mis metas; La destrucción del cuerpo es solo un paso más, el momento de incertidumbre en el choque entre máquinas con carne solo la antesala; el momento de la inconsciencia que se debate entre el renacimiento y la extinción el verdadero punto de partida.
Haríamos bien en reflexionar si el futuro de la humanidad no tratara tanto del desarrollo de las máquinas cognoscentes como de qué es lo que verdaderamente anhelamos y estamos dispuestos a hacer por conseguir, en ese sentido un poco de afectividad sin duda nos hará más humanos, y es lo único que nos alejará del trastorno y de la podredumbre intelectual actual, y para ello tampoco es necesario mirar muy lejos, opino como Ballard cuando decía que el único futuro que le importaba de verdad era el de los próximos cinco minutos. Puede que esta creencia en lo presente que nos da la seguridad para abrazar el futuro sea lo más parecido que podamos asimilar a la eternidad, y al menos para mí, es más que suficiente.
