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MENDIGO DE LAS LUCES

MENDIGOS DE LAS LUCES

“Antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas”.

Confucio.

Sigo sin comprender por qué el doblaje español siendo tan bueno y teniendo a tan excelentes profesionales, se empeña en traducir los títulos de las películas extranjeras con palabras que no tienen nada que ver con el original. Desconozco si esto tiene que ver con dichos profesionales, o si son las productoras quienes lo deciden. Comprendiendo que las traducciones no pueden ser siempre literales, no se me ocurre razón por la que “ Blue Ruin” es traducida como “Cenizas del Pasado”.

Hecha esta aclaración comenzamos con una película de 2013 escrita y dirigida por el estadounidense Jeremy Saulnier y protagonizada por Macon Blair y Amy Hargreaves.

La venganza es un tema recurrente en el cine. Aboga por la recuperación de instintos primarios, es una necesidad psicológica con la que siempre han jugado las religiones y las ideologías: los condenados al infierno, la dictadura del proletariado, la justicia social, el darle al pobre lo que le robo el rico. Ideas en su génesis buenas pero que suelen desembocar, como en la película, en una huida hacia delante plagada de sangre impregnada en los vestidos y de noches interminables donde luces programadas nos avisan de que hay un momento en el que no existe diferencia entre el verdugo y la víctima.

Ya la película, haciendo un uso excelente de los silencios y de los colores, introduce al espectador en una trama en la que podemos intuir que todo lo que va a pasar será realista, habitual, el pan nuestro de cada día, alejado de esas película de vengadores hormonados que disparan a todo bicho viviente y tras cada cuerpo espetan una de esas frases lapidarias que reafirman su condición de macho súper alfa.

Pero ya veis; el bueno de Dwight es un vagabundo que duerme en su viejo Pontiac azul, que sobrevive recogiendo botellas de vidrio por las arenas de la playa y que en ocasiones se introduce en una casa, no para robar, sino para poder bañarse, en ese acto busca un recuerdo que le confirme que aún es un ser humano, que no es un desecho de la sociedad, esa misma sociedad de individuos que juegan en la feria sin saber, ni siquiera sospechar, que el día de mañana pueden ser uno de ellos el que forme parte del ejército de los condenados.

No es Dwight un tipo atractivo como Keanu Reeves o Uma Thurman, sino ese americano medio que aspira a tener un hogar con porche que le permita compartir su existencia con una pareja que le soporte, que le dé sexo una vez por semana y que en el mejor de los casos, contemple con él, desde ese porche, ese éxodo de oscuras golondrinas del que habla la canción.

La Criminología nos dice que una de las razones por las que no delinquimos es por el miedo a perder todo aquello que hemos ganado. Así, a lo largo de nuestra existencia, una gran cantidad de semáforos morales aparecen ante nosotros, diciéndonos que somos bestias domesticadas que han de vivir en esos tumultos civilizados de los que habla otra canción. La ira, ayudada por las reacciones hormonales y químicas que se dan en nuestro cuerpo y cerebro, es una forma de decirle a ese individuo que debe actuar y que debe olvidar todo aquello que ha conseguido, pero la ira, como la especie, solo busca su beneficio, no el del individuo; al final es cierto que es el miedo el que planta la viña del Señor.

Soy muy aficionado a esas películas inspiradas en la América profunda, en las que hay una resistencia al progreso de las grandes urbes y sus seres creen que tienen una pureza que aún no les ha sido arrebatada. Esas carreteras siempre poco transitadas, esa monotonía de la vida que marca un cierto equilibrio, el conocer los defectos y miserias de los otros a los que vemos todos los días; de esto hablo bastante en algunos de los relatos de mi próximo libro.

Si bien es cierto que este tipo de vida no es mala e incluso puede ser deseable, guarda un reverso tan oscuro como esos planos de la película, en ocasiones iluminados por el azul, puede que el título original venga de esto. Reversos que pasan tan desapercibidos como el psicópata que conduce su vehículo por la calle principal del pueblo. Suele haber en estos ambientes, puede que de manera más acuciada en Estados Unidos por su historia o por su fascinación por las armas, que suele ser una manera de ocultar carencias, como se ve en el personaje que le ayuda y le enseña a disparar, una legitimación de la violencia, del derecho a responder al insulto y a la afrenta con contundencia. Conceptos como el honor, la familia, o el patriotismo, son exaltados y no siendo estos conceptos en absolutos negativos, el problema es que se utilizan siempre de forma torticera, para nuestro propio bien, es el caso de la razón por la que se inicia la trama en la película.

Nunca he sabido muy bien qué es eso del cine independiente, como lo de la igualdad en la diversidad. En todo caso creo que estas películas sin gran distribución y sin actores de fama mundial son muy recomendables, cuando la historia es buena, claro, y ante todo es una muestra de que para hacer buen cine no son necesarios efectos especiales, ni grandes escenarios. Ya os comenté que no soy muy partidario del teatro dentro del cine, pero creo, por otra parte, que el cine debe de recuperar esa idea de la recreación de lo ordinario, de imitación de la vida, sin recurrir a los tiroteos de quince minutos, las persecuciones inverosímiles, las coreografías de las “pelis de chinos” llevadas al cine comercial y que además suelen estar acompañadas de un pretendido mensaje social. El cine tiene que hablar de la vida, tiene que recrear la vida, que luego tenga un aspecto lúdico no es malo, ese cine yo también lo consumo y me gusta, todo tiene su momento aunque a día de hoy forme parte de ese otro ejército de los condenados al que no le gusta el cine de superhéroes, el inclusivo, o el de los fastidiosos “remakes”.

Intento no hacer “spoiler” otra palabra maldita que se nos ha colado en el Español, y yo digo Español porque aún se habla en toda España y fuera de ella, y porque a mí lo de castellano me suena al Mester de Clerecía. Solo diré, sin revelaros la trama, que la película consigue un equilibrio muy bueno entre su duración y la sensación de ansiedad que el protagonista provoca en el espectador. Esto es complicado porque no dura mucho, pero hay escenas en las que de nuevo el bendito silencio, tan vilipendiado en el cine, como la memoria en la sociedad, es utilizado de una forma muy hábil, y si bien es cierto que los diálogos demuestran maestría si están bien compuestos, muchas veces son una manera de llenar espacios sin sentido y no aportan información al argumento. En cambio, utilizar el silencio es muy complicado, ya que hace que el espectador focalice su atención en lo que es propiamente la escena, creando un espacio de incertidumbre. En la literatura creo que este efecto es muy difícil de conseguir, ya que el lector siempre espera diálogos, y es una crítica que se suele hacer a muchos autores, cuando la descripción te puede decir mucho más de los personajes o del argumento que unos diálogos de varias páginas.

Estas historias de ámbitos rurales y necesidades primordiales nos remiten a la tragedia griega, al “Fatum”, al impulso del “Ate” que viene, no mucho después, acompañado por la divina Némesis, Son estos escenarios mundanos y no los fastuosos mundos recreados en las pantallas de los cines, lo que hacen de estas obras algo atemporal y universal, estén donde estén inspirados, pues nos hablan de la gran tragedia que nos informa que venimos al mundo ya siendo deudores de los que otros han hecho anteriormente, deudores de sus carencias disimuladas con todo tipo de conductas nocivas: violencias, adicciones, engaños… Algunos lo llaman humanidad. Puede que por eso lleguemos a este mundo llorando, porque angosto es el camino desde el vientre materno hasta la luz, y de angosto viene angustia, y por ello la idea de la vida como castigo, porque tendremos un cuerpo y un nombre que no hemos pedido, y, sin duda, alguna cuenta pendiente que pagar.

Puede que al final Dwight comience su viaje al abismo porque no tiene nada que perder; puede que eso nos quiera decir la película, que siempre hay algo que perder, incluso para un vagabundo que deambula entre las atracciones de la feria, cual mendigo de las luces.

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