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CRUZADA CONTRA EL SILENCIO, TIRANÍA DE LOS ADJETIVOS

CRUZADA CONTRA EL SILENCIO, TIRANÍA DE LOS ADJETIVOS.

“Cuánta utilidad y gozo divino trae consigo la soledad y el silencio del desierto a quien los ama. Solo lo saben quienes lo han experimentado.”

                                                                                San Bruno de Colonia. Fundador de los Cartujos.

Antonio Escohotado afirmaba que una de las razones por las que la filosofía de Karl Marx es una farsa, tanto intelectual como económicamente, es por su tendencia a adjetivar y a adverbializar sus obras (cuando no se las escribía Engels). Por ello Escohotado, que en paz descanse, utilizaba las más de las veces el verbo, aquello que se realiza, y el nombre, aquello que tiene sustancia, es decir, lo que verdaderamente es.

Llega a mis oídos que el Gobierno va a mandar un mensaje al móvil  en forma de pitido o no sé qué diablos. El caso es que los ciudadanos no nos debemos asustar cuando nos llegue el zumbido, creo que es algo así como una alarma, no sé si para cuando llegue un meteorito a la tierra o para avisarnos cuando se caiga a nivel mundial el “Tik Tok” y el “wassap”.

Esto me hizo reflexionar sobre la cruzada que en nuestros tiempos existe contra el silencio, y cómo incluso este se convierte en signo de debilidad. Habréis escuchado mil veces aquello de que quien calla otorga. Tráfico, ladridos de perros en las calles y en los inmuebles, niños jugando, tocando la flauta, electrodomésticos funcionando, gente interactuando, televisiones, teléfonos móviles, obras, de nuevo en la calle o en la casa, gente que se pone a cantar cuando sale de fiesta o que habla en las terrazas a grito pelado, bien porque está borracha, bien porque simplemente es no da para más… y podría seguir.

Hoy en día la gente tiene la necesidad de definirse para poder darse entidad. De esta forma, lo que meramente son atributos de una persona, como su identidad sexual, su ideología, estilo de vida, ser de un equipo de fútbol, nacer en un lugar, sea este región o país, hablar una lengua, ojalá yo hablara más, dicho sea de paso, se antepone a lo que esa persona verdaderamente hace, piensa, por lo que existe, es decir: su esencia, que es a las personas lo que la sustancia al nombre.

Suelo sentir una sensación cercana al vómito, como algunos de mis personajes, cuando en esos programas de citas o de concursos, las personas dicen: -me llamo fulanita, soy una chica muy alegre y sincera y lo único que no soporto es la mentira, –  o esos que dicen: – si eres una persona racista u homófoba no quiero saber nada de ti – dando a entender que por regla general las personas tenemos estas abyectas tendencias y conductas, no dejando espacio a esa posibilidad que supone conocer al otro y demostrando que los que verdaderamente tienen prejuicios son ellos. Así creo yo que es, el adjetivo y el adverbio acaban expulsando a aquel que es distinto, pero como dice Byung-Chul-Han, expulsar al otro supone negar la posibilidad de discurso. El que es intolerante no es tolerante, el que es pobre no es rico y el que es fascista no es demócrata. Con ello, con el juego de los adjetivos, volvemos a la dialéctica de los buenos y los malos, los pecadores y los justos, los creyentes y los infieles que acabarán en la Gehena. Pese al supuesto progreso, los patrones y procesos del fanatismo se repiten con la salvedad de que podemos reafirmar nuestras ideas en el móvil, sin necesidad de acudir a la iglesia o la mezquita.

Esta necesidad, la de adjetivar el mundo y de darle las gradaciones que yo quiero con los adverbios, nos lleva a una especie de conocimiento “a priori“, una vuelta al idealismo que sin embargo no se encarga de responder a las grandes preguntas filosóficas, sino de simplemente dirimir cómo he de vivir, es decir, cómo he de consumir. Es obvio que esta mezcla funesta desemboque en las tan nombradas enfermedades mentales, en las frustraciones de gente que se autoexplota, en sistemas educativos que solo fomentan el odio y la división, en personas que humanizan a los animales ante el abismo existencial.

En cambio, en el silencio no son necesarios ni los adjetivos ni los adverbios. El devenir del momento es plenamente experimentado, los matices no cobran importancia, porque todo se abarca en el presente. Ya no es necesario definirnos, exponernos a los otros, tener que experimentar algo, simplemente somos, aunque solo sea ese instante. No tengo necesidad de percibir al otro como enemigo, sino como un miembro que al igual que yo forma parte de la creación, es el verdadero significado de la idea de que los hombres somos hermanos, hijos de un mismo dios.

Salinas, el poeta del amor al que me gusta parafrasear, utilizaba el pronombre, el sustituto del nombre, en sus poemas como culmen de la experiencia amorosa. No necesitaba del adjetivo, porque «yo» o «tú» o «ella» es lo único que de verdad posee realidad. Me presento ante el objeto amado y ante la creación como lo que verdaderamente soy, el ruido de todo lo que se vierte desde el nacimiento queda atrás; la victoria de lo simple y de lo que esta destinado a ser se produce. Ya no son necesarias ideologías, ni títulos, ni ropas, ni anillos, y es a través del silencio la mejor forma que tenemos de decir: – te quiero-. Volvemos a la naturaleza del comienzo de la creación, donde éramos hermanos sin saberlo, donde la belleza de este mundo por fin nos salva.

“Nunca agradeceremos bastante a tu belleza
el habernos salvado otra vez del diluvio:
cuando el agua subía en el hervor terrible de la primera cólera del mundo,
y TÚ en tu mano abierta nos pusiste a los dos, a TÍ y a MÍ, y alzándola
hasta cerca del cielo, donde nunca ha llovido, escapamos en ella
del amargo torrente de cristal y pecado
en que tantos hermanos nuestros perecieron.”

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