“La vida es una carrera por convertirse en criminal antes que en víctima.”
Bertrand Russell.
“Las consecuencias del amor” es una película del año 2004 dirigida por Paolo Sorrentino y protagonizada por el siempre estupendo Toni Servillo. Es cierto que se trata de una película en la que Sorrentino aún no ha desarrollado su talento y que no goza de los posibles de futuras proyecciones, pero con ella ocurre algo que también se da en las personas: sus defectos son sus mayores virtudes.
La película nos narra la historia de Tita (sí, es un nombre masculino) di Girolamo. Un enigmático individuo que vive en un hotel desde hace ocho años. Pasa sus días fumando, viendo la vida transcurrir por el escaparate de la recepción; a veces se sienta en el bar, donde algunos le dan conversación, siempre inoportuna; por último, en ocasiones, y sin excesiva alegría, juega a las cartas con el director del hotel y un par de viejos aristócratas arruinados, antiguos dueños del local y ahora ya decrépitos, abocados a la tortura que suele suponer vivir de los recuerdos. Siempre juegan a lo mismo, la razón es que di Girolamo solo conoce ese tipo de juego, no recuerdo el nombre, el cual aprendió en su infancia en Salerno. Apenas le habla a la mujer encargada de limpiar su cuarto, pese a que esta es amable, tampoco responde a la despedidas que de manera reiterada le hace la camarera del bar, una bellísima mujer de pelo oscuro, ojos claros y mirada de esfinge.
Puede que la frase de Russell sea exagerada. La más de las veces la vida no es más que una carrera por ser actor antes que espectador. Así es; Tita se pasa la vida esperando, siendo expectante de algo que no llega. Si fuéramos nietzscheanos diríamos que esa expectación es la causante de la incubación de ideas resentidas que luego se traspasan a la moral, pero hoy no toca. Lo cierto es que di Girolamo no parece resentido, tan solo abocado a ver pasar la vida ante sus ojos debido a la falta de oportunidades, pero incluso entre los muros estas surgen; la servicial señora de la limpieza, la camarera bellísima, la retahíla de clientes que pernoctan en el hotel, como esas jóvenes y también sugerentes lectoras de poesía.
La sociedad actual ha perdido la capacidad de observación. La vida contemplativa queda censurada; sí, lo sé, pasamos cientos de horas ante la pantalla, donde las series y los concursos dotan de significado a nuestras vidas, pero seamos sinceros, eso es vivir a través de los otros, de lo que esos otros quieren que pensemos, que sintamos, que deduzcamos. Es una sustitución de la liturgia, del rezo colectivo y de los cuentos de titiriteros en las murallas de las ciudades medievales. Ya no queremos ser espectadores porque podemos llegar a ser actores, aunque sea a un nivel micro, son los quince minutos de fama de los que hablaba Warhol ( por cierto, persona de profundas convicciones religiosas, hecho que la gente tiende a desconocer ) Así pues, la vida es una carrera por tener “likes” o por compartir visionados, o por invertir para ganar, correr un poco más , hacer unas repeticiones más, ir a comer a ese lugar aunque nos cueste un ojo de la cara, y si no lo hacemos como lo hace la mayoría de la gente, mejor; en el fondo, como no podía ser de otra forma, tú y yo somos especiales, ¿por qué tú y yo no vamos a tener un talento si todos esos que salen en la tele lo tienen?
Aristóteles definió la vida contemplativa como la mejor que un individuo podía protagonizar, única forma de alcanzar la beatitud; es decir, la felicidad. Esta idea, con sus peculiaridades, pasó al Cristianismo, y la verdad: soy el primero al que le cuesta aceptar que pasar la vida entre muros rodeado de oración y silencio sea lo mejor que puede hacer alguien, pero también es cierto que esta pérdida de la capacidad de la contemplación y de la observación ha convertido la sociedad en un circo que ya no es la sociedad del miedo o del cansancio, sino la sociedad del “yo opino de todo y mi opinión vale más que la tuya”, la sociedad en la que la vida se transforma en una carrera por alcanzar metas que muchas veces no son realistas y que no son acordes con nuestras cualidades, llenas de ambigüedad, como la justicia social o como el hecho de creer que por consumir de otra manera dejo de consumir, por autoimponernos horarios y necesidades cuando hay una verdad pura y casi irrefutable que precisamente le dije a una chica el otro día, al despedirme. Una mujer de ojos y cabellos similares a la camarera, como si fuera yo espectador de las vidas de los otros, de los tiempos que me son ajenos y de besos que se ven desde los escaparates:
– No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Es cierto que la película tiene sus defectos. La propia historia no es muy creíble, tampoco que una mujer exuberante se interese por un tipo como él, aunque se da a entender que a ella le gustan los hombres maduros; que el final, cuando vira hacia la acción, se nota un poco forzado, pero repito: defecto mucha veces es sinónimo de virtud.
Que esté rodada en cuatro o cinco escenarios le da a la película una sensación de intimidad muy interesante que unida a la poca actividad de la ciudad cuando se muestra, dota al espectador de la condición de ser un mirón de las vidas de los otros. Pese a su pesimismo, la clasificaría como una película optimista, ya que impele al espectador a vivir su vida, supongo que a ir en busca de sus sueños, aunque esto sea algo casi siempre peligroso. Pero lo es porque la gente asocia todo esto, no ya con emborracharse y hacer el gilipollas, algo que todos hemos hecho alguna vez y que con mesura puede ser hasta bueno, sino con tener propiedades, reconocimiento, por supuesto sexo y en resumen, todo lo que puede ser motivo de admiración, cuando no de envidia. Que conste que todo eso en sí no tiene que ser malo, si no fuera por la general pérdida de diversos tipos de fuerza que se dejan en el camino, entre ellas la salud mental; y que lleva a algunos a querer ser, no sé: cantante, youtuber, emprendedor, estrella de rock, nuevo millonario, hasta salvador de la humanidad… Efectivamente, una vida demasiado pasiva nos puede hacer perder la propia vida, no ser valiente y no arriesgarse y por lo tanto acabar siendo discípulos de la derrota, pero no nos engañemos; la vida, por suerte, no es una serie de Netflix. Es la observación la que permite a los organismos aprender, la observación es la base del método científico. El signo de lo divino es un ojo, Dios todo lo ve, y por eso es Dios, y si decimos que alguien es observador nos referimos a él como inteligente.
Por todo ello seamos valientes, ya que algún día nos pasará como al aristócrata aburrido en su habitación prestada, nuestro tiempo habrá pasado y nuestros intentos por recuperarlo caerán en el ridículo, pero observemos también, esperemos nuestro momento, veamos la vida pasar por los escaparates con el sabor unas veces amargo y otras dulce del café, pues mañana será otro día, y seguramente, y puede que por suerte, no será el mejor de nuestra vida.
Me suelo despedir con una poesía. Al nombrar a un escaparate he recordado, una vez más, al poeta del amor.
“Por eso ahora podemos andar despacio por las calles por donde todo el mundo corre,
sin que nadie se fije en que existimos.
Y al vernos, al pasar, en los cristales de los escaparates, dos imágenes tan parecidas a lo que querríamos ser nosotros.”
